El barrendero y sus amigos 

Ni el vien­to de la madru­ga­da entra tan rápi­do. El dedo corre la cer­radu­ra, casi con taquicar­dia, cier­ra las dos ald­abas de la puer­ta desven­ci­ja­da de la pieza con baño que arrien­da más allá del per­iféri­co; por aba­jo, entran­do entre los dos puentes desnive­les, en un mini laber­in­to de pasajes. Aden­tro, cam­i­na dos pasos, de un man­o­ta­zo cier­ra las corti­nas de la pequeña ven­tana, la úni­ca que hay, en cuclil­las, mueve el cenicero de mura­no que está sobre una cobi­ja usa­da como man­tel, se caen sobre un rodapié en hara­pos las chichar­ras recopi­ladas de la sem­ana pasa­da; de las reuniones…

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