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Insaboras

Cuan­do llegué, seguía sor­da a cuen­ta de todos los estru­en­dos que esquivé; la seño­ra del mostrador, ni se dió cuen­ta de mí, me dio la espal­da sin mirarme ni de reo­jo. Tan estric­ta con­si­go mis­ma, tan pre­deci­ble en su rec­ha­zo, como si fuese un espe­jo de nue­stro viejo tan­go; un abra­zo espina­do de la indiferencia.

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Plegaría por un día imperfecto

—Poesía de Vini­cio Man­otoa Benavides—

“Difí­cil no escribir con la impa­cien­cia de una olla de arroz que se quema.

Difí­cil no escribir para dar tes­ti­mo­nio de la insen­satez y la mediocridad.

Difí­cil no escribir como un dios ebrio de soledad, aban­donán­dose al delirio

De una noche de abra­zos y golpes.

Difí­cil no escribir para los ami­gos olvi­da­dos en las esquinas de la vida”

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El capital y la muerte: Siete estampas

“Nun­ca fal­tan pre­tex­tos al cap­i­tal para azuzar nuevas “guer­ras”, como la mal lla­ma­da “con­tra las dro­gas”. Inven­ta­da por Nixon a medi­a­dos de los seten­ta, fue pos­te­ri­or­mente expor­ta­da a bue­na parte del mun­do. Una guer­ra que nun­ca estu­vo pen­sa­da para deten­er el nego­cio del trá­fi­co de estu­pe­fa­cientes, sino para man­ten­er los amplísi­mos már­genes de ganan­cias de las mafias, al tiem­po que se garan­ti­za el flu­jo con­stante del dinero blan­quea­do hacia las arcas de la ban­ca pri­va­da inter­na­cional, prin­ci­pal­mente la de Wall Street y la City de Londres”. 

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La poesía es un recuerdo sonoro

—César Eduar­do Car­rión escribe sobre la poesía de Anto­nio Preciado —

“Según el poeta Pre­ci­a­do, todos somos hijos de África, todos somos migrantes o hijos de migrantes o nietos de migrantes, inclu­so aque­l­los que no han acep­ta­do todavía la invitación a esta merien­da… somos negros”. 

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Estado & Ficción

—Entre­vista a Fab­rizio Mejía Madrid—

“Pen­san­do en Bolí­var Echev­er­ría y en Enrique Dus­sell creo que nues­tra for­ma políti­ca de estar en el mun­do debe ser, primero, una éti­ca y no una ontología. ¿Qué quiero decir? Que la pre­ocu­pación por la iden­ti­dad debería ser un ter­reno de la ter­apia pero no de la políti­ca. No deberíamos de asi­s­tir a la esfera públi­ca en bus­ca de nue­stros refle­jos, ni pen­sar lo políti­co como una expre­sión identitaria”. 

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El barrendero y sus amigos 

Ni el vien­to de la madru­ga­da entra tan rápi­do. El dedo corre la cer­radu­ra, casi con taquicar­dia, cier­ra las dos ald­abas de la puer­ta desven­ci­ja­da de la pieza con baño que arrien­da más allá del per­iféri­co; por aba­jo, entran­do entre los dos puentes desnive­les, en un mini laber­in­to de pasajes. Aden­tro, cam­i­na dos pasos, de un man­o­ta­zo cier­ra las corti­nas de la pequeña ven­tana, la úni­ca que hay, en cuclil­las, mueve el cenicero de mura­no que está sobre una cobi­ja usa­da como man­tel, se caen sobre un rodapié en hara­pos las chichar­ras recopi­ladas de la sem­ana pasa­da; de las reuniones…

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