
El capital es una forma específica de organizar la producción y reproducción de la vida. Su existencia depende, en última instancia, del sometimiento de la población y de sus fuentes de existencia a su lógica reproductiva, cuyo telos es la acumulación incesante y sin límites de la forma moderna de la riqueza: el valor. El capital es a un tiempo premisa y resultado de la subordinación del trabajo a los procesos productivos que comanda, con la única finalidad de apropiarse del trabajo impago para poderlo convertir en ganancia. El capital es, en esencia, robo de vida. Las siguientes estampas pretenden ilustrar, a modo de ejemplos, algunas de las implicaciones tanáticas que se desprenden del desarrollo del capital como fuerza totalizadora de la vida social.
I
Los diferentes fragmentos de la clase trabajadora global (productora de y producida por el propio capital) son explotados con diferentes grados de intensidad; de acuerdo a una multiplicidad de factores que organizan la división social y técnica del trabajo: rama de la producción, formación profesional, origen nacional, étnico, género, capacidad de organización y movilización de la fuerza de trabajo, etc. Uno de los resultados más tangibles de la estructura segmentaria y jerárquica del empleo capitalista de la fuerza de trabajo es el grado de violencia diferenciado a los que se ve sometida la clase trabajadora. El capital no se roba la vida por igual de aquellos a quienes explota y domina: reserva a determinados grupos los trabajos más peligrosos y expuestos a accidentes, a enfermedades crónicas, a envenenamientos y mutilaciones; mata más en el Sur que en el Norte; más a las poblaciones de color de las periferias del mundo que a los anglosajones; más a los trabajadores manuales que a los de cuello blanco, etc.
Dejando a un lado las diferencias específicas, los datos de la Organización Mundial del Trabajo (OIT) (2024) nos muestran la dimensión global del fenómeno: cerca de 3 millones de personas mueren anualmente como consecuencia de factores relacionados con el trabajo y casi 400 millones al año padecen algún accidente laboral no mortal.
II
Antes de llegar al espacio de la producción final de mercancías el capital necesita garantizarse energía y materias primas para tal cometido. En su búsqueda incesante, el capital va dejando una estela de violencia y muerte. Son muchos los estudiosos (de Rosa Luxemburgo a David Harvey) que nos han mostrado cómo lo que Marx llamó acumulación originaria, nunca ha acabado. El despojo de los medios de vida de los pueblos (tierra, agua, bosques, selvas, páramos…) no ha cesado desde que el capital es capital. Los medios para obtenerlos también son múltiples: la compra-venta en el mejor de los casos, el desplazamiento forzoso de poblaciones y el vil saqueo en muchas ocasiones. Así, la transformación de las condiciones colectivas de sustento de la vida en recursos para la acumulación suele implicar alguna forma de muerte, ya sea por los efectos a largo plazo del despojo (proletarización, migración forzada), ya sea por causas más inmediatas como los asesinatos de quienes defienden sus territorios, a manos de las fuerzas (públicas o privadas) al servicio de los capitales. Al igual que con el tema anterior, acá tampoco la violencia del capital está democráticamente repartida. Los muertos suelen ponerlos las poblaciones indígenas, campesinas, pescadoras, etc.
III
Los procesos de trabajo comandados por el capital también pueden ser parte de otro engranaje de muerte cuando implican la producción de desechos que contaminan el entorno: el envenenamiento de la tierra, el agua y el aire que resultan de los procesos industriales han sido durante los últimos 200 años fuente de enfermedad y muerte no sólo de los trabajadores directamente empleados por el capital, sino también de las poblaciones que habitan los territorios hacia donde se vierten los desechos de la producción. Los efectos nocivos de las fumigaciones con plaguicidas, los vertederos industriales y las fugas tóxicas no siempre se restringen al espacio de lo laboral; se desparraman por los territorios circundantes y van cobrando víctimas entre el resto de la población. Lo mismo podría decirse de los desechos del consumo; el capital se ha vuelto experto en el arte de producir montañas de basura que localiza estratégicamente lejos de los espacios de vida de las clases poderosas: que otros convivan con los desechos parece ser la consigna. La Organización Mundial de la Salud estimó que en 2012, 12,6 millones de personas fallecieron por “vivir o trabajar en ambientes poco saludables” (OMS, 2016). A lo anterior habría que agregar los modelos de urbanización asociados al desarrollo del capital: ciudades miseria y barrios marginales carentes de servicios públicos y altamente expuestos al crimen (Davis, 2004); expansión desmedida de los sistemas de transporte privado (automóviles) responsables de la congestión y la neurosis urbana, además de la emisión de gases de efecto invernadero; encierro de los sectores medios y las clases dominantes en espacios de vida cada vez más privatizados: ghettos degradados materialmente para las mayorías; ghettos degradados psíquica y espiritualmente para los ricos. La guettización que produce el capital también enferma: a unos de enfermedades gastrointestinales o respiratorias; a otros de soledad, depresión y angustia.
IV
El matrimonio entre el capital y la muerte no se limita a los ámbitos de la producción y del desecho. Desde muy temprano en su historia, el capitalismo fue creciendo a partir de la producción sistemática de lo que Veraza (2008) denomina valores de uso nocivos: aquellos cuyo consumo, más que dar vida, producen enfermedad y, en los casos más extremos, aceleran la muerte. De la epidemia de diabetes generada por el consumo desmedido de azúcares refinados que cobra la muerte de 2 millones de vidas al año, al igualmente epidémico consumo de drogas (legales y con receta) que, tan solo en los Estados Unidos se traduce en la muerte anual de 108 mil personas por sobredosis. La prescripción médica de un sólo fármaco (OxyContin, que nunca debió salir al mercado por su peligrosidad) fue responsable de la muerte de cerca de medio millón de personas. Mientras la gente moría, Purdue Pharma, su fabricante, facturaba 35 mil millones de dólares en ventas. Por otro lado, durante las últimas décadas la transformación de los patrones de consumo alimentario alentados por las transnacionales supuso la aparición de una nueva epidemia no menos preocupante que la anterior: la obesidad. En una sola década esta otra forma de malnutrición que también enferma y mata, escaló de 12% en 2012 a casi 16% a escala global en 2022 (FAO, 2024).
Los valores de uso nocivos vienen en otros muchos envoltorios: productos de limpieza e higiene carcinógenos, entretenimiento chatarra, tratamientos de salud con efectos iatrogénicos, y un largo etcétera imposible de reseñar en pocas líneas. Ese arsenal de mercancías que intoxican el cuerpo y el espíritu también va matando de a poco a grandes masas de la población mundial.
V
Pero hay algunas mercancías que son aún peores que los valores de uso nocivos, pues su consumo no supone la enfermedad o la degradación progresiva de los cuerpos, sino su aniquilación. Más que fuerzas productivas, son fuerzas destructivas, letales. Para nadie es un secreto que uno de los negocios más lucrativos del mundo es el de la producción y venta de armas. Para que este negocio funcione es necesario producir artificialmente su “necesidad” social. Sin guerras no hay negocio de armas. Así que el capital se viene inventando guerras desde hace ya mucho tiempo para que las grandes corporaciones puedan lucrar con la muerte. Aunque es posible rastrear esa dialéctica entre negocios armamentistas y la necesidad de producir escenarios bélicos hasta los albores del S. XIX, es con la Segunda Guerra que el llamado complejo industrial-militar estadounidense adquirió su forma moderna. Un complejo de intereses que fue ganando protagonismo a lo largo de las décadas y que, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y gracias a la Doctrina Rumsfeld para profundizar la privatización de la guerra, consolidó aún más su capacidad de subordinar la política exterior norteamericana a sus intereses (Sánchez, 2023).
De acuerdo a Laría (2024), 900 mil millones de dólares fueron dispendiados por los Estados Unidos durante 2023 bajo el rubro de gastos militares: ¡el 37% del total mundial! La Universidad de Brown (2024) reporta que hasta octubre de ese año las guerras de los EEUU en Irak, Afganistán, Pakistán, Siria, Yemen y Somalia, habían cobrado la muerte de entre 4,5 y 4,7 millones de personas. Un gran altar sacrificial para que la rueda de los Big Bussines militares (Boeing, Lockheed Martin, General Dynamics, Northrop Grumman y Raytheon) siga girando. A veces, para alimentar el gasto militar, no es necesario llegar a la guerra, basta con atemorizar lo suficiente a la población con la posibilidad de ella. Como sostiene Phillips (2024): “Las continuas amenazas de supuestos terroristas, comunistas y gobiernos que no cooperan son justificaciones para que los gobiernos nacionales sigan invirtiendo en armas convencionales y nucleares”.
Nunca faltan pretextos al capital para azuzar nuevas “guerras”, como la mal llamada “contra las drogas”. Inventada por Nixon a mediados de los setenta, fue posteriormente exportada a buena parte del mundo. Una guerra que nunca estuvo pensada para detener el negocio del tráfico de estupefacientes, sino para mantener los amplísimos márgenes de ganancias de las mafias, al tiempo que se garantiza el flujo constante del dinero blanqueado hacia las arcas de la banca privada internacional, principalmente la de Wall Street y la City de Londres. Y, de paso, abrir nuevos mercados para los fabricantes de armas de los países centrales, quienes se llenan los bolsillos mediante la venta (legal) de sus juguetes de la muerte a las fuerzas del orden de los países del tercer mundo y el suministro (ilegal, de contrabando) a las bandas delictivas que organizan el tráfico internacional de estupefacientes, como lo muestra el caso mexicano. De acuerdo a Pérez Ricart (2024), en ese país circulan ilegalmente 17 millones de armas, la mayoría de las cuales fueron traficadas desde los EEUU.
VI
El jugoso negocio de las armas no se restringe a los tanques, aviones, cohetes y calibres pesados que utilizan ejércitos, policías y narcotraficantes. Emporios transnacionales como Smith & Wesson, Sig Saur, Glock, Sturm, Ruger & Co. también participan en el festín de la muerte suministrando local e internacionalmente armas ligeras a la población civil, la que posee 85% del total de armas del planeta, algo así como mil millones. De acuerdo a datos recogidos por Amnistía Internacional (2024), 600 personas mueren al día como resultado de la violencia de las armas de fuego; de ésas, dos terceras partes ocurren en tan sólo seis países: Brasil, Estados Unidos, Venezuela, México, India y Colombia, en ese orden. Esas armas de menores calibres (pistolas, rifles) son utilizadas no solo por la delincuencia común y los sicarios, sino por ciudadanos que, creyendo proteger sus propiedades o sus vidas, terminan inmersos en una gran espiral de violencia, de la cual no escapan ni siquiera los niños, como lo muestran las masacres escolares de los EEUU.
VII
Finalmente, el capital imperial también mata de formas más silenciosas (pero no menos letales) a través de la destrucción de las economías de países que considera hostiles o simplemente saqueables. Ya sea bajo la modalidad de sanciones y bloqueos económicos que impiden a naciones consideradas “enemigas” (Cuba, Irán, Venezuela, Rusia) comerciar con normalidad con el resto del mundo (D’Eramo, 2022), o del chantaje asociado a los procesos de renegociación de deudas y préstamos de emergencia otorgados por las instituciones financieras internacionales controladas por los EEUU, el capital imperial asfixia a las economías del Sur global: castiga a los pueblos al dificultar su acceso a alimentos, medicinas y mercados para sus exportaciones, en el caso de los bloqueos; los orilla al austericidio cuando los presiona para que recorten el gasto social y malbaraten su riqueza pública a través de las privatizaciones. Esta es una modalidad de asesinato por goteo, al restringir o negar a millones de personas los derechos más básicos: a la alimentación (733 millones de personas con hambre de acuerdo a la FAO, 2024); a la salud, a la vivienda, a la educación…Y, cuando los pueblos y gobiernos se rebelan y ensayan caminos de autonomía, la dupla FMI/BM no tienen empacho en respaldar a gobiernos surgidos de golpes de estado auspiciados por los EEUU y las oligarquías criollas (Toussaint, 2024).
***
La política de muerte sólo puede ser desafiada colectivamente por los pueblos, por sus organizaciones y por sus luchas. Es prioritario comenzar a oponer, aquí y ahora, una política de la vida; una que apueste por la recuperación de las capacidades de la humanidad para gestionar su propio destino, que logre emancipar a la vida de la tiranía de un sistema que produce riqueza a partir de la miseria, la enfermedad y la muerte de millones de seres humanos.
Quito, diciembre de 2024
Miguel Ruíz Acosta: Docente de la Universidad Central del Ecuador. Facultad de Ciencias Sociales y Humanas e Instituto de Investigaciones Económicas.
Bibliografía referida:
Amnistía Internacional (2024). Violencia con armas de fuego. Amnistía Internacional. Recuperado de: https://www.amnesty.org/es/what-we-do/arms-control/gun-violence/
Davis, M. (2004). Planeta de ciudades-miseria. New Left Review en español, 26. Recuperado de: https://newleftreview.es/issues/26/articles/mike-davis-planeta-de-ciudades-miseria.pdf
D’Eramo, M. (2022, enero 28). Nuestra sanción de cada día. Recuperado de: https://www.sinpermiso.info/textos/nuestra-sancion-de-cada-dia
FAO (2024). El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo 2024. Roma.
OIT (2024, enero 28). Seguridad y salud en el trabajo. Recuperado de: https://www.ilo.org/es/temas/seguridad-y-salud-en-el-trabajo
OMS. (2016). Cada año mueren 12,6 millones de personas a causa de la insalubridad del medio ambiente. Recuperado de: https://www.who.int/es/news/item/15–03-2016-an-estimated-12–6‑million-deaths-each-year-are-attributable-to-unhealthy-environments
Phillips, P. (2024). Titans of Capital: How Concentrated Wealth Threatens Humanity. Seven Stories Press (Edición Kindle)
Ricart, C. (2024, mayo 29). La frontera porosa y el río de acero: Las armas ‘made in the US’ desangran a México. El País: https://elpais.com/us/2024–05-29/la-frontera-porosa-y-el-rio-de-acero-las-armas-made-in-the-us-desangran-a-mexico.html
Sánchez, L. (2023). La relación estratégica entre la corporación militar privada y el estado en el siglo XXI. En Ornelas, R. (coord.) Las corporaciones militares privadas y el gran negocio de la guerra. México: Akal, UNAM.
Toussaint, E. (2024, diciembre 5). Ante el patente fracaso del Banco Mundial/FMI, aplicar una política alternativa. Recueprado de: https://www.sinpermiso.info/textos/ante-el-patente-fracaso-del-banco-mundialfmi-aplicar-una-politica-alternativa
Universidad de Brown (2024). Civilians Killed & Wounded | Costs of War. Recuperado de: https://watson.brown.edu/costsofwar/costs/human/civilians
Veraza, J. (2008). Subsunción real del consumo bajo el capital. México: Ítaca.
