PostApocalipsis Nau

Plegaría por un día imperfecto

—Poesía de Vini­cio Man­otoa Benavides—

 

 

 

 

Expan­sión del cam­po de espera

 

 

a papá, el páramo solar.

 

 

1

Eres lava sulfúri­ca en el crepúsculo

nun­ca te vi cam­i­nar bajo la lluvia

el cielo azul se pre­cip­ita­ba en tus ojos de gor­rión heri­do por el olvido

a veces, mirabas simplemente 

la veloci­dad corta­ba la vida en dos hem­is­fe­rios de experiencia

pál­pi­tos de ausen­cia que solías lla­mar mamá, des­gra­cia, o plan­e­ta extraño

/ con la inten­ción de pro­fa­nar el refle­jo deforme de la noche

(sobre tu alma vesti­da con flau­tas de tra­go y golpes titi­lan­do en la arena)

y el corazón era un emis­ario desnudo de itin­er­ario cor­rien­do hacia pedac­i­tos de espejo

donde alguien había sepul­ta­do los abra­zos o había incin­er­a­do en la sangre

lamen­tos, pro­fecías y fac­turas de cam­bio de aceite

 

 

el abue­lo cuid­a­ba sus plan­tas con la tele­visión encendida

entrar ahí era pere­cer en la sed del eclipse

(pequeños brami­dos de vena­do encer­ra­dos en cajones de armario)

estat­uas vacías de sol orin­a­ban en nues­tras fauces mien­tras a lo lejos ardía 

/ la res­piración de la niebla

es el insom­nio, dijiste como quien dice la hora a un desconocido

los col­ores apagán­dose en el peso mudo de puer­tas sin cerrojos 

y el frío de la luz pul­ver­izan­do poco a poco la con­tinuidad de nosotros con los objetos

 

 

la briga­da A no conocía la derrota

yo te creía tam­bién inven­ci­ble, como las palabras 

/ que hom­bres arcaicos arro­jaron al mar para huir de la soledad de la vida

el miedo en el vien­tre era un sol insa­cia­ble hilán­dose lenta­mente des­de el desierto

no nos decíamos nada, per­manecíamos así, lejos uno del otro

(las ple­garias que los árboles profirieron en nom­bre del dragón traen con­si­go las cenizas del grito)

amar­ra tus zap­atos, sen­ten­ci­aste cuan­do com­prendiste que mi camino

era una lla­ma­ra­da de pol­vo y amule­tos falsos

el tuyo, el desam­paro mold­e­an­do la for­ma incon­clusa del agua

 

 

lle­gaste solo a la muerte

y el des­ti­no de Cabal­lo Loco volvía a tus mejil­las como una lengua sin gramática

rez­abas el número de bal­dosas en las pare­des de la casa 

el desahu­cio regía la ven­tana donde el fós­foro de la juven­tud cono­ció los hue­sos del páramo

(réquiem de cuer­das podri­das sobre el níquel de las mañanas futuras)

ya en la isla de inun­da­ciones portátiles

sabrás, al pro­nun­cia­r­la, que la cal­ma no existe

que la extin­ción de la tribu era un cuchil­lo ajeno habitán­donos cos­til­la a costilla

que la enfer­medad era el poe­ma del sofá que nun­ca tuviste

o del balón aban­don­a­do en una infan­cia en llamas

 

 

 

 

2

La bal­a­da del desasosiego solar

nun­ca te vi cam­i­nar bajo la lluvia

pero aprendiste el mantra de la soledad en las eti­que­tas de botel­las baratas

donde una mano cualquiera había cifra­do el códi­go de la carencia

mari­posa de arcil­la murien­do en la cruz de las grandes razones

o tótem matemáti­co de lo pre­cario e inútil

 

 

puta madre, el méto­do es un dios bastardo

escribiste en ningu­na parte para recono­cer en las ruinas el ciclo del futuro

quizá así supiste que los hijos de san­gre no exis­ten, que el exilio ínti­mo es intransferible, 

/ que los casetes jamás morirían

(aguacero de silen­cio con­tra las ramas de eucalipto)

 

 

¿te recono­ciste en la mansedumbre?

¿dis­para­ba la niebla amap­o­las con­tra el paisaje aban­don­a­do de la realidad?

¿qui­siste una biografía para inscribir en el hielo que los pájaros no son?

¿te hablaron los árboles sobre las bici­cle­tas que perdieron en la nieve?

¿el lengua­je no conocía la oscuri­dad de tu rostro?

(cac­tus kamikaze cor­rien­do hacia el aulli­do y el sueño)

¿aquí fueron tus manos deshacién­dose en el polen púr­pu­ra de la madrugada? 

¿tra­ducir el tiem­po que der­ro­chaste en la fies­ta del miedo?

¿las huel­las crecieron como par­tidos de fút­bol de la serie amateur? 

¿latas de sar­di­na res­p­lan­decieron en la caí­da ver­ti­cal de una sil­la de ruedas sin nadie?

¿pudo el amor contigo 

—una pecera de fósiles en el cen­tro sin coor­de­nadas de la galaxia—?

 

 

puta madre, estoy solo

dijiste como si escu­pieses tréboles de cua­tro hojas con­tra la acera

la ciu­dad era un ter­ri­to­rio de nubes atómi­cas y glo­bos de colores

ojos invis­i­bles pen­e­traron en espa­cios tam­bién invisibles

la fiebre remo­ta de telé­fonos públi­cos que no para­ban de sonar

la for­tu­na, la lotería, tal vez, fueron ejer­ci­cios de equi­lib­rista que salieron mal

sacar la basura los martes era una tarea que odiabas

con todo el corazón —que para entonces era un monól­o­go de girasoles—

(los anh­e­los de la humanidad lanzán­dose, en un mis­mo instante, de todos los puentes del mundo)

y la máquina de tris­teza en tu alma de invierno

imper­turbable, maciza, rompién­donos el cráneo

a grandes car­ca­jadas —parecía que te ibas a tra­gar los ver­sos de todos los poemas 

/ que se habían escrito en la historia—

 

 

 

3

Árti­ca

nun­ca te vi cam­i­nar bajo la lluvia

yo colec­ciona­ba vidas imposi­bles en mis dibu­jos chuecos 

las últi­mas hojas de mi cuader­no de bor­rador se con­virtieron en castil­los vacíos

donde tú aparecías como un bosque de luces 

o una mon­taña rusa de rieles oxidadas

canas­tas navideñas en febrero que habías apren­di­do a con­stru­ir con tu tal­en­to para la casualidad

/ y el desas­tre (vesti­do de muchacha te esper­a­ba en un plan­e­ta a pun­to de estallar)

un perde­dor no es un hombre

pudo ser­lo cuan­do las piedras dis­para­ban sím­bo­los huecos 

en con­tra de la alam­bra­da asesina de los uniformes

o después o antes que el vien­to que­mase los carrizos

con que niños con cica­tri­ces trans­par­entes com­ponían cometas para sur­car la música

/ en altura, enjam­bre inmóvil de la catástrofe

 

 

¿quién soy? ¿puedo lla­marme tu hijo?

fra­ca­so a fra­ca­so, he cam­i­na­do hacia la Siberia indómi­ta de tu presencia

a sabi­en­das que cam­i­nar sobre el agua impone la derrota

que la vida gira a mi alrede­dor como un car­rusel de flo­res muertas

yo dud­a­ba sobre el lazo que dicen que existe entre nosotros

no sé, creo que las exis­ten­cias son para­jes que la gente ha olvi­da­do vis­i­tar entre semana

al final, todos acabare­mos con­ver­tidos en hábi­tats del vacío

una pre­gun­ta en mi frente trit­u­ra grul­las y desuel­la garzas 

el origa­mi no sirvió para mod­e­lar la amargura

/ que guardaste en tu mira­da como últi­mo recur­so para hac­er plau­si­ble la locura

no pude cono­cer el jardín de cere­zos que sepul­taste en tu espal­da con la intención

de con­ver­tirte en estación de tránsito

(cro­mo­so­mas y clavos choca­ban en las vísceras de un ciborg en agonía)

 

 

de niño, acom­pañé a mamá por pasil­los blancos 

/ que olían a desin­fec­tante industrial

me anun­cia­ron la prox­im­i­dad de tu muerte con fras­es que sonaron a hier­ba marchita,

a bam­búes imper­fec­tos en el bar­ri­do del vien­to, a olea­je irre­al sin con­tención de fondo

pero no entendí —sólo el espa­cio blan­co esta­ba, era ahí—

(cuer­po sin tiem­po como nar­ra­ti­va del desmoronamiento)

pero no entendí y volviste: o tal vez por eso volviste

con lenti­tud y ale­gría, la car­tografía aullante en tu voz

como una car­retera sin señal­ización hacia ningu­na parte 

un Nis­san Tsu­ru en los noven­ta era un mon­struo de felicidad 

para acari­ciar la mente de los fantasmas 

 

 

nun­ca te vi cam­i­nar bajo la lluvia 

—nun­ca cam­i­namos bajo la lluvia—

la llu­via en nosotros era la real­i­dad api­la­da bloque bloque bloque bloque bloque bloque bloque

ojos cer­ra­dos para exper­i­men­tar el abra­zo imaginario

(la espera es una pesadil­la que no se puede dibujar)

 

 

 

 

De Paisajes del fin del mundo

 

 

ENTROPÍA DEL ENUNCIADO

I

Alguien escribe su muerte en una hoja de sombra.

El tra­zo,

Breve, melancóli­co, intempestivo

Rompe la mira­da que algu­na vez des­cubrió el devenir de las formas

Incan­des­centes. El ojo abre las puer­tas del mundo

Antes que el fuego des­bor­de el azar del horizonte.

 

 

Y el hom­bre muer­to no muere; y la muerte, tal vez, 

Es un acci­dente del ver­bo ante el furor de la pági­na quieta.

 

 

Algo remo­to sucede, empu­ja su silencio 

y las moscas vue­lan alrede­dor de órbitas rotas.

 

 

 

II

Líneas de escrit­u­ra se tra­gan el rit­mo de la vida:

 

 

La com­posi­ción mues­tra la deca­den­cia de una dinastía.

El calí­grafo extiende su alien­to sobre la arena

Que pisa todas las mañanas, cuan­do sale a com­prar el pan 

Y pierde el tiem­po con­tem­p­lan­do la agonía de las nubes,

Pico­ta­zos de aves mari­nas con­tra la roca y el sal­itre rosáceo,

La tem­pes­tad movedi­za del frío flo­rece en las oril­las de inquietud.

El alien­to quiebra el pre­sente de la super­fi­cie porosa

Y la mano tiem­bla poseí­da por la atrac­ción de voces desconocidas.

 

 

Téc­ni­ca del ase­dio: atrav­es­ar el cír­cu­lo y profanarlo.

No hay límite en los sen­ti­dos que apri­etan la médu­la de lo vivo.

 

 

 

III

Difí­cil no escribir con la impa­cien­cia de una olla de arroz que se quema.

Difí­cil no escribir para dar tes­ti­mo­nio de la insen­satez y la mediocridad.

Difí­cil no escribir como un dios ebrio de soledad, aban­donán­dose al delirio

De una noche de abra­zos y golpes.

Difí­cil no escribir para los ami­gos olvi­da­dos en las esquinas de la vida,

Aque­l­los puer­tos sin nom­bre que el aguacero y la intemperie

/ han des­dibu­ja­do con su canto.

Difí­cil no escribir para hac­er digeri­ble el fra­ca­so de todos los días 

Y de todas las horas.

Difí­cil no escribir la esper­an­za de la hoguera, donde el fuego mar­chi­tará la niebla

Que viene del futuro.

 

 

 

IV

Alguien escribe el poe­ma de una mari­posa que parte hacia la noche.

No sabe qué dei­dad alu­ci­na­da dic­ta el ver­so quebrado.

No sabe cómo sobre­vive o res­pi­ra el insec­to cuan­do el instante se vacía.

Ni tam­poco cuáles fueron los ele­men­tos que com­po­nen el silencio.

Quisiera que la mari­posa fuese un dragón discontinuo, 

Es decir, un mon­struo de lengua­je que ha olvi­da­do su naturaleza

No-crea­da. Una rareza que muerde la mano del escriba

Cuan­do siente fugar el pul­so que ali­men­ta su vestidu­ra de anhelo.

La mari­posa se posa en la cima de un árbol lejano, pare­ci­do a un anciano

Que reg­is­tra el número de con­stela­ciones que fueron antes de que naciera.

La mari­posa se pul­ver­iza en líneas labradas en el cam­po estéril.

Alguien quisiera atra­parla, pero la pal­abra es un imán gas­ta­do y sediento.

 

 

 

V

El códi­go inven­ta el ter­ri­to­rio —no lo funda—:

 

 

La voz arrasa las cenizas del cam­po quemado.

Cuer­pos aci­a­gos como cloa­cas donde las ratas

/ escar­ban la posi­bil­i­dad de un destino.

Fos­as comunes que resisten el alar­i­do de los vivos.

 

 

Las flo­res crecieron, pero el hábi­tat tatuó su alma

Sobre una alam­bra­da en escombros. 

 

 

Escribir es enu­mer­ar los hue­sos calcinados 

/ por el goce y el oprobio.

 

 

 

 

De Bre­viario de imá­genes confusas

 

 

33

Tú podrías ten­er cualquier ros­tro, vivir en cualquier lugar, ser una entre tan­tas que med­i­tan el pre­cio de los huevos mien­tras inven­tan mod­os para sobre­vivir el desas­tre de los días que es, por com­ple­to, el desas­tre de las noches. El suave rugi­do podría acom­pañar al sil­bido mono­corde de labios cualquiera repi­tién­dose boca a boca, diente a diente, mor­di­da a mor­di­da, la pál­i­da maquinar­ia que tiem­bla entre las hojas que caen. Podrías invernar o vaca­cionar cuan­do los telé­fonos cesen de con­tro­lar el movimien­to de los plan­e­tas. Migrar, de ser nece­sario, a otra época o a otro ter­ri­to­rio donde la pér­di­da, el cues­tion­amien­to y la rabia sean mon­e­da de cam­bio para la llu­via y el desam­paro. Tú podrías lla­marte como quisieras o clau­dicar de iden­ti­dad, a sabi­en­das que los nom­bres son cifras de vacío o fal­sas eti­que­tas para fijar lo efímero a lo efímero, la voz de lo eter­no a un cuer­po que se deshace en mús­cu­los, vísceras, deseos insat­is­fe­chos. Tu podrías sim­ple­mente no ser y, de esta man­era, arreciar sobre la ausen­cia y deshabitar el olvido.

 

 

 

37

Nadie escribe con los ojos la pal­abra nadie y se descom­pone en árboles que ya no res­pi­ran. Nadie posa su pie sobre la tier­ra y com­prende fatal­mente que el ori­gen del yo es la ausen­cia o la fal­ta de perte­nen­cia, imposi­bil­i­dad de diri­gir la mira­da hacia el caparazón de la llu­via. Nadie tar­ta­mudea relám­pa­gos día y noche mien­tras el fuego en sus labios es hos­til al hog­ar y a la nos­tal­gia. Nadie imag­i­na cómo el vaho tiem­bla en el ter­ri­to­rio, cómo la niebla acecha las for­mas incon­clusas de la tarde y cubre el delirio de los vol­canes con fras­es vacías. Saber que los nom­bres pueden inter­cam­biarse, igual que láp­i­das de ceniza o char­cos donde los ani­males se hun­den como voces cor­tadas por la cuchilla del agua. Abrir bien las ore­jas para escuchar cómo los escom­bros del paisaje caen con­tra la soledad del vien­to. La qui­etud es un eco orac­u­lar arrasa­do por la pre­gun­ta. No hay pro­fecía en el lenguaje.

 

 

 

 

Mar­co Vini­cio Man­otoa Bena­vides (San­to Domin­go, 1990) real­izó estu­dios de lit­er­atu­ra en la Uni­ver­si­dad Cen­tral del Ecuador y la Uni­ver­si­dad And­i­na Simón Bolí­var. Inte­gró el taller de escrit­u­ra cre­ati­va de la CCE dirigi­do por Edwin Madrid. Ganador del con­cur­so de Poesía Alfon­so Chávez Jara de poesía año 2011 con el libro La máquina del gri­to. Ganador del con­cur­so Inter­fac­ul­tades José Sara­m­a­go en la cat­e­goría de cuen­to en el año 2013. Autor del libro de poesía Los cuader­nos del desam­paro, (Cuer­po de Voces Edi­ciones, 2021) de la nov­ela El desier­to de los días futur­os (Cuer­po de Voces Edi­ciones, 2022), del libro de relatos El últi­mo opti­mista, (Cuer­po de Voces Edi­ciones, 2023) y del libro de poesía La mañana zom­bi en avalan­cha, (Edi­ciones de la Línea Imag­i­nar­ia, 2023), por el cual obtu­vo la Men­ción de Hon­or del Pre­mio de Poesía Jorge Car­rera Andrade. Su últi­mo libro es El cuader­no del paria (Man­tí­co­ra Edi­to­r­i­al, 2025). Actual­mente se desem­peña como colab­o­rador del por­tal Los cronistas.net y docente secun­dario en la Unidad Educa­ti­va Fis­cal Eloy Alfaro.