
Leo un fragmento del poema de Antonio Preciado (Esmeraldas, Ecuador, 1941) titulado La palabra silencio: “Por simple propiedad, / por dignidad/ y por elemental deber de intransigencia, / la palabra “silencio” no debería sonar, / sino permanecer tan solo escrita, / por siempre calladita, / digamos que tapiada / entre su propio muro de ocho piedras. / Dejar que la pronuncien suena como / la más escandalosa de las condescendencias”. Este poeta esmeraldeño se ha negado a callar y el modo que ha escogido para conversar con nosotros ha sido el cultivo del verso más diáfano, de pretensiones comunicativas. Este poeta ecuatoriano ha evadido con virtud la dictadura de las modas literarias y ha encontrado una voz particular y potente. Este poeta latinoamericano ha construido una obra consistente a lo largo de décadas y desbrozado el camino para otros tantos que, como él, imaginamos otra sociedad, otra cultura, otra humanidad. Y lo ha hecho, porque este poeta universal ha encarado su vocación con valentía, porque ha comprendido que tiene un solo compromiso vital, su escritura poética, y porque ha descubierto que solo existe un escenario esencial e inevitablemente político: la poesía.
Debo confesar que mi primer contacto con la obra de Antonio Preciado fue tardío. Ocurrió hace unos treinta años, cuando cursaba las primeras asignaturas de mi licenciatura y al mismo tiempo padecía los rigores de mi primer empleo formal: trabajaba como redactor del equipo de investigación periodística de un desaparecido y muy influyente periódico quiteño. Para cumplir con una de mis primeras coberturas, tuve que salir muy temprano en la madrugada, junto al chofer y el fotógrafo que me habían asignado. Nuestro destino final era el sitio arqueológico de la isla La Tolita. Investigábamos un caso de tráfico de bienes patrimoniales. Íbamos detrás de la pista de una red de huaqueros que habían retomado la expoliación que las tolitas, de la también llamada Pampa de Oro, han sufrido desde su descubrimiento. He ido a la provincia Esmeraldas de vacaciones desde que tengo recuerdos, siempre con amigos y familia, a disfrutar del verano, las playas, la comida. Aquella fue la primera vez que viajaba tan temprano (serían las cuatro de la mañana cuando empezamos a transitar la carretera) y además para trabajar.
El camino no me dejó nada memorable, salvo el conocido paisaje de la ruta hacia la costa por el noroccidente de Quito, siempre conmovedor e inagotable. El fotógrafo y el chofer conversaban de sus aventuras en las playas, de su predilección por la comida costeña, de su admiración por la belleza de las mujeres esmeraldeñas. En fin, una colección de aburridos lugares comunes. Pero apenas hicimos una primera parada, empezaron las sorpresas. Nuestro contacto en el cantón Eloy Alfaro era un gestor cultural del Banco Central, institución que en aquellos años era la encargada de resguardar gran parte de los tesoros patrimoniales de las culturas ecuatorianas. Lo recogimos de un centro de interpretación del Banco Central, cerca de Borbón, que daba la bienvenida a los turistas y les advertía de los emplazamientos arqueológicos de la zona y la mejor manera de visitarlos. Quienes nos dedicamos a la literatura difícilmente desaprovechamos la más mínima oportunidad para hablar de nuestras pasiones letradas. En aquella ocasión, me sorprendió escuchar que tanto el gestor cultural como la recepcionista de aquel pequeño centro de interpretación eran lectores de poesía. Sabían de memoria poemas enteros provenientes de la sabiduría popular, especialmente décimas, arrullos, romances y otras rimas. Y además de recitar algunos de sus versos de memoria, hablaban con orgullo de los poetas del terruño, especialmente de Nelson Estupiñán y Antonio Preciado. Me quedé con una grata impresión. Apenas había leído a Estupiñán Bass. De Preciado no conocía nada. Me propuse saldar de inmediato esa deuda conmigo mismo. Había ido a Esmeraldas desde niño, pero nunca había escuchado ni experimentado esa parte de su cultura.
La segunda sorpresa ocurrió en el muelle. Y fue por partida doble. Debíamos embarcarnos en una canoa que nos iba a llevar hasta La Tolita, navegando por el río Santiago y su intrincada red de afluentes, en medio de los bosques espesos y tupidos de los mangles más altos del mundo. Nunca antes había surcado las aguas del manglar esmeraldeño. Es conmovedor. Primera parte de la sorpresa. La segunda ocurrió en el bote. Nos acompañaba un hombre recio, de voz profunda y áspera, aunque extrañamente dulce. Al subirse, estrechó con su enorme y contundente mano, la mano de todos y cada uno de los presentes: la gente del muelle, el gestor del Banco Central, el motorista, mi chofer, mi fotógrafo, los otros pasajeros y también saludó conmigo. Debe ser muy apreciado y conocido en estos predios, pensé. El hombre iba a desembarcar en una de las paradas intermedias, para visitar un pariente o algo así (las nubes de la memoria a veces amanecen espesas). La conversación con todos los pasajeros fue deliciosa, en especial, gracias a las anécdotas y risas que compartió con nosotros el mismísimo Guillermo Ayoví Erazo, conocido como Papá Roncón. Poesía, la provincia de Esmeraldas estaba llena de poesía. De pronto, me parecía que todos allí sabían cantar, recitar, bailar, improvisar versos. Y el nombre de ese poeta, Preciado, seguía sonando en la boca de quienes me iba encontrando en el camino. Pero aquel viaje me reservaba una tercera sorpresa.
En cuanto desembarcamos en La Tolita, pude ver la pobreza y el abandono del que han sido víctimas los habitantes del norte de Esmeraldas. Niñas y niños semidesnudos pedían limosna a cuanto ser humano pisara las playas de la isla. En sus calles sucias y hediondas, sin calzadas, bordillos ni aceras, se empozaba el agua lluvia y de los charcos inmundos brotaban millones de mosquitos y bichos minúsculos. También recuerdo al menos un par de hombres demacrados, desarrapados y alcoholizados que deambulaban por el caserío pidiendo unos centavos para comprar más licor. Visitamos el museo de sitio, las tolitas cercenadas por los huaqueros y aquellas que todavía permanecían relativamente intocadas o intervenidas por las sucesivas misiones y expediciones arqueológicas. De este espacio paradójico provenían esas gentes, las mismas que me habían dicho que debía desasnarme y conocer la poesía de Preciado. ¡Ah y la de Adalberto Ortiz también! A cuya poesía, por cierto, dediqué años más tarde un extenso ensayo. Desalentadora sorpresa aquella, la de encontrar que en una de las cunas de la nacionalidad ecuatoriana se podía encontrar por igual pobreza, miseria y delincuencia (en ese caso, la de los huaqueros), al mismo tiempo que música, poesía, historia ancestral. Aprendí que de la más extrema precariedad puede surgir la esperanza y los sueños de justicia que solamente la poesía puede expresar.
Esta sencilla anécdota, con la que he pretendido presumir cierto vínculo biográfico y también emotivo con la poesía de Preciado (a decir verdad, con la poesía escrita por los ecuatorianos nacidos en Esmeraldas) resume el interés que la obra de este escritor me ha generado, tanto en mi rol de escritor de ensayos y poemas, cuanto como académico, investigador y docente de literatura, pero, sobre todo, como lector de poesía, que creo es mi papel más auténtico y quizá la actividad más importante en mi vida. Sin embargo, también da cuenta del trasfondo cultural, social, económico e histórico que opera como sustrato de la poesía de Preciado. Su obra es universal, precisamente porque proviene de la localidad más extrema. Nos llena de esperanza, precisamente porque muestra las inequidades más atávicas y las injusticias más crueles e innecesarias. Nos habla de la condición humana, precisamente porque habla de hombres y mujeres determinados y específicos, algunos de ellos con nombre y apellido.

La poesía no es un sicario que puedas contratar para que haga tu trabajo sucio, como hacen los panfletarios y los oportunistas; la poesía es una vocación, un modo de conocimiento y una manera específica de habitar el mundo. Gracias, Antonio, por insistir en esta idea durante tanto tiempo. A veces, incluso en contra de algunos de nuestros aliados.
Creo firmemente que tal cosa como aquella bizantina y ridícula dicotomía compuesta por los regionalismos y nacionalismos versus los cosmopolitismos y universalismos literarios, es poco más que un anacronismo metodológico y teórico, y tal vez un poco menos que un equívoco conceptual, cuyo origen es más bien político o geopolítico, que expresa una visión regresiva, violenta y autoritaria de lo que significa la cultura literaria de los pueblos. No existe, en realidad, poesía mayor o poesía menor, al menos no en un sentido metafísico. Tan solo existen lectores y comunidades de lectura, que tienen sus propios sesgos, intereses, capacidades y limitaciones. Preciado nos invita a superar estas barreras. Su poesía está escrita y declamada para la humanidad.
La pertinencia de mi anécdota y de la hipótesis de lectura que he construido a partir de ella se puede demostrar mediante la explicación de tres de los principales ejes temáticos de la poesía de Preciado: por una parte, la indagación genealógica y la exploración de la memoria de los pueblos que han conformado la diáspora afrodescendiente; por otra parte, el discurso social y cultural que impulsa gran parte de la obra del poeta; y por último, la reivindicación de la figura del poeta como actor y personaje social.
Empiezo con el asunto de la genealogía y el motivo de la diáspora afrodescendiente. La crítica literaria, especialmente aquel segmento de las academias y universidades de las Américas denominada precisamente americanista, ha debatido ya durante mucho tiempo y con sobreabundancia las diferencias entre la llamada poesía negrista y la poesía negra, afro o afro descendiente y otras tantas designaciones teóricas, muchas veces frívolas y antojadizas, y casi siempre expresión de las modas, las tendencias de época y las naturales contingencias humanas. Toneladas de ensayos, artículos, estudios y libros, incluso tesis doctorales y tratados, se han escrito sobre por qué y cómo designar con precisión la poesía escrita y recitada o cantada por los miembros de las comunidades y pueblos de la llamada diáspora afrodescendiente. En todo caso, debemos tener en claro que la obra de Preciado, así como la de tantos poetas de nuestro continente, ha transitado los derroteros de la denuncia, la reivindicación, la celebración y la defensa de la confraternidad y la solidaridad humana y han hecho de esta militancia el contenido primordial de su literatura. Por su parte, Preciado se ha tomado el tiempo necesario para reivindicar sus raíces étnicas y culturales, pero también ha tenido la sabiduría suficiente para atemperar los ímpetus de la militancia juvenil y justiciera de sus primeros poemas. En los tiempos en que el llamado giro decolonial se apoderaba de las facultades y escuelas de ciencias sociales, humanidades, filosofía y letras de todo el continente, Preciado tenía ya un buen trecho recorrido siendo un auténtico y original poeta de la decolonialidad. Tales ideas fueron posibles entre los críticos de la literatura latinoamericana gracias al ingente material que la obra de escritores que, como la de Preciado, parecían inaugurar un nuevo momento histórico. Pero volvamos a la obra de nuestro poeta.
Así dice su poema titulado Merienda de negros: “Venga usted, compañero del mundo, / lo invitamos…” Exacto, un micropoema, dos versos, tres líneas en total si tomamos en cuenta el título del texto, fueron suficientes para que nuestro poeta dejara en claro su posición en el mundo. La más potente e influyente actitud anticolonial no es aquella que se lamenta, se queja, se limita a la denuncia panfletaria y pasajera. Es aquella que transita críticamente las distintas perspectivas de los debates contemporáneos. De la poesía negrista de los primeros años, hemos llegado a cierta visión crítica de lo que algunos teóricos literarios han denominado afrocentrismo. Ya no son los criollos blanqueados los que retratan y más tarde conceden la voz a los negros, ahora son ellos quienes les demuestran a los dominadores, o a sus capataces, que todos los homo sapiens que han pisado el planeta tierra somos hijos, nietos y descendientes de un pequeño grupo de homínidos que migraron desde el África y deambulando durante milenos colonizaron la tierra, domesticaron el paisaje y le brindaron un futuro a nuestra especie. Según el poeta Preciado, todos somos hijos de África, todos somos migrantes o hijos de migrantes o nietos de migrantes, incluso aquellos que no han aceptado todavía la invitación a esta merienda… somos negros. Detrás está la constatación de la genética moderna y la antropología contemporánea. La ciencia lo ha demostrado hasta el hartazgo: la raza es un artefacto de la dominación, una herramienta colonial, una ficción del poder. Solo existe una raza: la humana.
También quiero referirme brevemente del discurso social de Preciado. Tomo un solo ejemplo, otra vez, porque me convoca biográficamente. Me refiero a los versos combativos y la denuncia de las injusticias que se evocan en el Poema en guerra para Milton Reyes. Lo escogí, porque alguna vez mi madre, que acaba de cumplir ochenta años, me contó cómo una de sus compañeras del último año de colegio y vecina de entonces, se había ennoviado con el famoso mártir revolucionario. Al parecer, Reyes escapaba continuamente de la persecución de los agentes del Estado y en una ocasión estuvo escondido en la casa de mi madre junto a su amiga, la novia del rebelde. No haré una lista completa de los personajes populares recuperados por Preciado, especialmente de aquellos símbolos de la sangre, de la raza (una noción ya resignificada por nuestro poeta y convertido en una herramienta de liberación), tan solo quiero nombrar algunos: Sandino, Remberto Escobar, Petita Palma, Miriam Makeba, Juan García, etc. Pues bien, estos son algunos versos que Preciado le dedica a Reyes: “Milton fue hermano mío / desde que comenzamos / a organizar avispas en los techos, / él era como un ángel / nunca desocupado para el vuelo, / pero un día, / bregando, / le hicieron en la vida un agujero. / Por eso es que me veis estas espinas, / por eso agrego nubes a la espiga, / por eso escupen tierra los luceros”.
Hay un tema más de la obra de Preciado que llama especialmente mi atención: el poeta como personaje social. En uno de sus poemas nos dice lo siguiente: “Ya está de nuevo aquí / el pájaro de fuego que viene / por las tardes cuando escribo / y se queda conmigo por / poemas enteros, / gorjeo tras gorjeo / palabra tras palabra. / Yo contemplo en silencio / su afable llamarada / cuando con devoción anida / entre mis versos y permanece / quieto mirándome, / mirándome como queriendo / ver si también tengo alas”. Preciado es un poeta que ha sido educador, gestor cultural, líder político y comunitario, diplomático y defensor del buen nombre de la nación ecuatoriana. No ha sido un académico, funcionario o empresario que ha escrito versos por capricho o curiosidad, ni mucho menos un sujeto de esos que abundan, que escribe o pretende escribir versos para investirse de cierta acartonada dignidad de dudoso origen. La poesía para él ha sido ese “pájaro de fuego” con el que ha tenido que pelear cuerpo a cuerpo para encontrar su lugar en el mundo. Este no es un asunto menor. Preciado ha sido uno de esos poetas latinoamericanos de su generación que le ha devuelto la dignidad y la importancia al oficio poético. Algunos de nosotros todavía tenemos que dar explicaciones cuando nos encontramos con alguien por primera vez: soy docente, soy abogado, soy médico… ¡Ah! Sí, también soy poeta. La defensa de la figura del poeta como actor social y político ha sido una de las constantes de la obra de Preciado. No se escribe poesía como una veleidad o un compromiso de ocasión social. Se escribe poesía porque, si no escribimos, el sentido de la vida misma se desvanece. Esa es la diferencia entre los que estamos con Preciado y bueno… los otros.
No puedo terminar este comentario sin reseñar, aun cuando sea de pasada, el talento y genio de Preciado para manejar a su antojo las técnicas compositivas. Hoy día, lamentablemente, dejamos pasar por artista, por poeta en este caso, a cualquier aficionado o ambicioso que recibe reconocimiento porque pertenece a una minoría sexo génerica, étnica, nacional o de cualquier otro tipo, aunque no sepa en realidad apenas nada de componer una canción o escribir un buen texto. Les publicamos libros, les dedicamos artículos científicos, les entregamos premios a estos personajes que apenas saben leer o escribir, componer o interpretar, porque son raros, descastados o provienen de algún tipo de población en situación de vulnerabilidad. Y no porque sean grandísimos e impecables practicantes de algún género de arte específico. Preciado hizo su camino a contracorriente: lo reconocemos como uno de los poetas de la patria, de los grandes de la nación y, sólo entonces, como consecuencia de su excelente poesía, reconocemos que tenemos delante a un académico, un político, un aliado de las causas justas y la libertad. La poesía no es un sicario que puedas contratar para que haga tu trabajo sucio, como hacen los panfletarios y los oportunistas; la poesía es una vocación, un modo de conocimiento y una manera específica de habitar el mundo. Gracias, Antonio, por insistir en esta idea durante tanto tiempo. A veces, incluso en contra de algunos de nuestros aliados.
Se ha escrito también sobre las analogías sorprendentes y las adjetivaciones impertinentes, tan propias de la obra de Preciado. De las primeras debo decir que son una prueba de la capacidad imaginaria de nuestro autor para sorprendernos y reacomodar nuestra percepción de la realidad. Eso es lo que hace la verdadera poesía: asociar una cosa con otra sin aparente filiación ni relación directa y fundar de nuevo el lenguaje humano y, con él, el mundo. Tomo un solo ejemplo, extraído del poema titulado Historia muy común que acaba a boca llena, con Dios seriamente implicado. En uno de sus versos, nos ofrece esta imagen: “un matojo de tiempo pretérito inconcluso / creciendo hacia la tierra en la maceta / por entre la olorosa lealtad de la albahaca”. Pues bien, ni la albahaca posee el mérito de la lealtad, ni la lealtad es olorosa. El poeta ha juntado elementos sencillos de la cotidianidad, que no se nos ocurriría unir, salvo en un mundo donde todo es posible: el mundo de la poesía. Y lo hace para hablar del amor, un dios generalmente caprichoso e indomable, y a veces incluso muy rencoroso y cruel. Pero este dios que evoca Preciado es leal, persistente, invencible.
Quiero terminar nombrando uno de los logros más icónicos de la poesía de Preciado. La reapropiación y reinterpretación del valor del sonido en la poesía, de la mano de la cultura popular y la tradición oral, fuente de educación e inspiración de nuestro poeta. Cuando pensamos en la defensa de la memoria de los pueblos de la diáspora afrodescendiente, nos viene de inmediato la abundancia de aliteraciones, onomatopeyas, paronomasias y anáforas, en ocasiones todas juntas y combinadas, sin el menor atisbo de superficialidad, como ocurre en estos versos dedicados al líquido vital: “el agua primordial de todo el año; / el agua audaz que se decide a ola, / el agua firme que horadó la roca, / el agua torrencial que me ha mojado; / el agua lavandera de la casa, / el agua pobre que jamás descansa, / el agua que anda a pie por los sembrados”. He pensado que estas y otras atenciones sobre el sonido tienen que ver con una conciencia corporal de la poesía. El poema debe afectar al cuerpo, debe conmovernos de manera concreta, radical. Tiene que sentirse en la piel y en los órganos internos que estamos leyendo un poema. De esto se trata la eufonía como principio compositivo, como marca de agua personal.
A veces, ya avanzada la noche, cuando conversamos sobre estas cosas con los amigos, yo digo que la poesía lírica es una forma de la música, que un poema es una especie de llanto o risa contenida y sublimada por la palabra. No llega a ser un concepto cerrado el poema, no debería aspirar a serlo. Pero tampoco puede ser un simple gemido o un lamento, no goza de esa virtud. Este estatuto ambiguo y libérrimo del poema deja a la poesía en un limbo entre el grito y la idea. Este escenario intermedio, donde todo puede ocurrir, donde todo se puede cuestionar, donde todas y todos podemos concurrir sin ambiciones ni temores es la poesía. Allí donde la religión, la política y la ciencia no llegan, llega la poesía. El lugar donde podemos construir una comunidad esencialmente humana, sin naciones ni banderas, sin patrias ni terruños, sin Estados ni iglesias. O mejor, digámoslo con el poema de Antonio Preciado, titulado La palabra yo: Levántate, / ya es la hora de unirte a todas las demás / para ir en romería / a la tumba en que vive hoy Manuel del Cabral, / el poeta que dijo / (como para que tú nunca lo olvides, / pequeña solitaria) / que la palabra crece / hasta los topes de la muchedumbre”.
(Nota de los editores: Este ensayo fue leído por su autor el 30 de agosto de 2024, durante la presentación de Con todos los que soy, la cuarta edición de la antología poética de Antonio Preciado, publicada por El Ángel Editor. Una versión abreviada del mismo fue publicada en la última edición de la revista Letras del Ecuador, # 213, dedicada a la necropolítica y la literatura. )
César Eduardo Carrión (Quito, 1976). Poeta y docente. Desde 2006, ha publicado varios poemarios, libros de ensayo y estudios literarios. Sus poemas constan en revistas y antologías latinoamericanas y extranjeras y han sido traducidos al inglés, francés y portugués. En 2024, fue galardonado con el XLVIII Premio Nacional de Literatura Aurelio Espinosa Pólit con la obra Galería de lugares comunes (EdiPuce, 2025). Actualmente, trabaja como profesor principal e investigador en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador.
