Néctar Volcánico

La poesía es un recuerdo sonoro

por César Eduar­do Carrión

Ilus­tración por Fran­cis­co Galár­ra­ga.

Leo un frag­men­to del poe­ma de Anto­nio Pre­ci­a­do (Esmer­al­das, Ecuador, 1941) tit­u­la­do La pal­abra silen­cio: “Por sim­ple propiedad, / por dignidad/ y por ele­men­tal deber de intran­si­gen­cia, / la pal­abra “silen­cio” no debería sonar, / sino per­manecer tan solo escri­ta, / por siem­pre calla­di­ta, / dig­amos que tapi­a­da / entre su pro­pio muro de ocho piedras. / Dejar que la pro­nun­cien sue­na como / la más escan­dalosa de las con­de­scen­den­cias”. Este poeta esmer­aldeño se ha nega­do a callar y el modo que ha escogi­do para con­ver­sar con nosotros ha sido el cul­ti­vo del ver­so más diá­fano, de pre­ten­siones comu­nica­ti­vas. Este poeta ecu­a­to­ri­ano ha eva­di­do con vir­tud la dic­tadu­ra de las modas lit­er­arias y ha encon­tra­do una voz par­tic­u­lar y potente. Este poeta lati­noamer­i­cano ha con­stru­i­do una obra con­sis­tente a lo largo de décadas y des­broza­do el camino para otros tan­tos que, como él, imag­i­namos otra sociedad, otra cul­tura, otra humanidad. Y lo ha hecho, porque este poeta uni­ver­sal ha encar­a­do su vocación con valen­tía, porque ha com­pren­di­do que tiene un solo com­pro­miso vital, su escrit­u­ra poéti­ca, y porque ha des­cu­bier­to que solo existe un esce­nario esen­cial e inevitable­mente políti­co: la poesía.

Debo con­fe­sar que mi primer con­tac­to con la obra de Anto­nio Pre­ci­a­do fue tardío. Ocur­rió hace unos trein­ta años, cuan­do cursa­ba las primeras asig­nat­uras de mi licen­ciatu­ra y al mis­mo tiem­po padecía los rig­ores de mi primer empleo for­mal: tra­ba­ja­ba como redac­tor del equipo de inves­ti­gación peri­odís­ti­ca de un desa­pare­ci­do y muy influyente per­iódi­co quiteño. Para cumplir con una de mis primeras cober­turas, tuve que salir muy tem­pra­no en la madru­ga­da, jun­to al chofer y el fotó­grafo que me habían asig­na­do. Nue­stro des­ti­no final era el sitio arque­ológi­co de la isla La Toli­ta. Inves­tigábamos un caso de trá­fi­co de bienes pat­ri­mo­ni­ales. Íbamos detrás de la pista de una red de hua­que­ros que habían retoma­do la expo­liación que las toli­tas, de la tam­bién lla­ma­da Pam­pa de Oro, han sufri­do des­de su des­cubrim­ien­to. He ido a la provin­cia Esmer­al­das de vaca­ciones des­de que ten­go recuer­dos, siem­pre con ami­gos y famil­ia, a dis­fru­tar del ver­a­no, las playas, la comi­da. Aque­l­la fue la primera vez que via­ja­ba tan tem­pra­no (serían las cua­tro de la mañana cuan­do empezamos a tran­si­tar la car­retera) y además para trabajar.

El camino no me dejó nada mem­o­rable, sal­vo el cono­ci­do paisaje de la ruta hacia la cos­ta por el noroc­ci­dente de Quito, siem­pre con­move­dor e inagotable. El fotó­grafo y el chofer con­versa­ban de sus aven­turas en las playas, de su predilec­ción por la comi­da costeña, de su admiración por la belleza de las mujeres esmer­aldeñas. En fin, una colec­ción de abur­ri­dos lugares comunes. Pero ape­nas hici­mos una primera para­da, empezaron las sor­pre­sas. Nue­stro con­tac­to en el can­tón Eloy Alfaro era un gestor cul­tur­al del Ban­co Cen­tral, insti­tu­ción que en aque­l­los años era la encar­ga­da de res­guardar gran parte de los tesoros pat­ri­mo­ni­ales de las cul­turas ecu­a­to­ri­anas. Lo recogi­mos de un cen­tro de inter­pretación del Ban­co Cen­tral, cer­ca de Bor­bón, que daba la bien­veni­da a los tur­is­tas y les advertía de los emplaza­mien­tos arque­ológi­cos de la zona y la mejor man­era de vis­i­tar­los. Quienes nos dedicamos a la lit­er­atu­ra difí­cil­mente desaprovechamos la más mín­i­ma opor­tu­nidad para hablar de nues­tras pasiones letradas. En aque­l­la ocasión, me sor­prendió escuchar que tan­to el gestor cul­tur­al como la recep­cionista de aquel pequeño cen­tro de inter­pretación eran lec­tores de poesía. Sabían de memo­ria poe­mas enteros prove­nientes de la sabiduría pop­u­lar, espe­cial­mente déci­mas, arrul­los, romances y otras rimas. Y además de recitar algunos de sus ver­sos de memo­ria, habla­ban con orgul­lo de los poet­as del ter­ruño, espe­cial­mente de Nel­son Estupiñán y Anto­nio Pre­ci­a­do. Me quedé con una gra­ta impre­sión. Ape­nas había leí­do a Estupiñán Bass. De Pre­ci­a­do no conocía nada. Me pro­puse sal­dar de inmedi­a­to esa deu­da con­mi­go mis­mo. Había ido a Esmer­al­das des­de niño, pero nun­ca había escucha­do ni exper­i­men­ta­do esa parte de su cultura.

La segun­da sor­pre­sa ocur­rió en el muelle. Y fue por par­ti­da doble. Debíamos embar­carnos en una canoa que nos iba a lle­var has­ta La Toli­ta, nave­gan­do por el río San­ti­a­go y su intrin­ca­da red de aflu­entes, en medio de los bosques espe­sos y tupi­dos de los man­gles más altos del mun­do. Nun­ca antes había sur­ca­do las aguas del manglar esmer­aldeño. Es con­move­dor. Primera parte de la sor­pre­sa. La segun­da ocur­rió en el bote. Nos acom­paña­ba un hom­bre recio, de voz pro­fun­da y áspera, aunque extraña­mente dulce. Al subirse, estrechó con su enorme y con­tun­dente mano, la mano de todos y cada uno de los pre­sentes: la gente del muelle, el gestor del Ban­co Cen­tral, el motorista, mi chofer, mi fotó­grafo, los otros pasajeros y tam­bién saludó con­mi­go. Debe ser muy apre­ci­a­do y cono­ci­do en estos pre­dios, pen­sé. El hom­bre iba a desem­bar­car en una de las paradas inter­me­dias, para vis­i­tar un pari­ente o algo así (las nubes de la memo­ria a veces amanecen espe­sas). La con­ver­sación con todos los pasajeros fue deli­ciosa, en espe­cial, gra­cias a las anéc­do­tas y risas que com­par­tió con nosotros el mis­mísi­mo Guiller­mo Ayoví Era­zo, cono­ci­do como Papá Ron­cón. Poesía, la provin­cia de Esmer­al­das esta­ba llena de poesía. De pron­to, me parecía que todos allí sabían can­tar, recitar, bailar, impro­vis­ar ver­sos. Y el nom­bre de ese poeta, Pre­ci­a­do, seguía sonan­do en la boca de quienes me iba encon­tran­do en el camino. Pero aquel via­je me reserv­a­ba una ter­cera sorpresa. 

En cuan­to desem­bar­camos en La Toli­ta, pude ver la pobreza y el aban­dono del que han sido víc­ti­mas los habi­tantes del norte de Esmer­al­das. Niñas y niños semi­desnudos pedían limosna a cuan­to ser humano pis­ara las playas de la isla. En sus calles sucias y hedion­das, sin calzadas, bor­dil­los ni aceras, se empoz­a­ba el agua llu­via y de los char­cos inmun­dos brota­ban mil­lones de mos­qui­tos y bichos minús­cu­los. Tam­bién recuer­do al menos un par de hom­bres demacra­dos, desar­ra­pa­dos y alco­holiza­dos que deam­bu­la­ban por el caserío pidi­en­do unos cen­tavos para com­prar más licor. Visi­ta­mos el museo de sitio, las toli­tas cerce­nadas por los hua­que­ros y aque­l­las que todavía per­manecían rel­a­ti­va­mente into­cadas o inter­venidas por las suce­si­vas misiones y expe­di­ciones arque­ológ­i­cas. De este espa­cio paradóji­co provenían esas gentes, las mis­mas que me habían dicho que debía desas­n­arme y cono­cer la poesía de Pre­ci­a­do. ¡Ah y la de Adal­ber­to Ortiz tam­bién! A cuya poesía, por cier­to, dediqué años más tarde un exten­so ensayo. Desalen­ta­do­ra sor­pre­sa aque­l­la, la de encon­trar que en una de las cunas de la nacional­i­dad ecu­a­to­ri­ana se podía encon­trar por igual pobreza, mis­e­ria y delin­cuen­cia (en ese caso, la de los hua­que­ros), al mis­mo tiem­po que músi­ca, poesía, his­to­ria ances­tral. Aprendí que de la más extrema pre­cariedad puede sur­gir la esper­an­za y los sueños de jus­ti­cia que sola­mente la poesía puede expresar.

Esta sen­cil­la anéc­do­ta, con la que he pre­tendi­do pre­sumir cier­to vín­cu­lo biográ­fi­co y tam­bién emo­ti­vo con la poesía de Pre­ci­a­do (a decir ver­dad, con la poesía escri­ta por los ecu­a­to­ri­anos naci­dos en Esmer­al­das) resume el interés que la obra de este escritor me ha gen­er­a­do, tan­to en mi rol de escritor de ensayos y poe­mas, cuan­to como académi­co, inves­ti­gador y docente de lit­er­atu­ra, pero, sobre todo, como lec­tor de poesía, que creo es mi papel más autén­ti­co y quizá la activi­dad más impor­tante en mi vida. Sin embar­go, tam­bién da cuen­ta del tras­fon­do cul­tur­al, social, económi­co e históri­co que opera como sus­tra­to de la poesía de Pre­ci­a­do. Su obra es uni­ver­sal, pre­cisa­mente porque proviene de la local­i­dad más extrema. Nos llena de esper­an­za, pre­cisa­mente porque mues­tra las inequidades más atávi­cas y las injus­ti­cias más cru­eles e innece­sarias. Nos habla de la condi­ción humana, pre­cisa­mente porque habla de hom­bres y mujeres deter­mi­na­dos y especí­fi­cos, algunos de ellos con nom­bre y apellido. 

Por­ta­da de Con todos los que soy (El Ángel Edi­tor, 2024) de Anto­nio Preciado. 

La poesía no es un sicario que puedas con­tratar para que haga tu tra­ba­jo sucio, como hacen los pan­fle­tar­ios y los opor­tunistas; la poesía es una vocación, un modo de conocimien­to y una man­era especí­fi­ca de habitar el mun­do. Gra­cias, Anto­nio, por insi­s­tir en esta idea durante tan­to tiem­po. A veces, inclu­so en con­tra de algunos de nue­stros aliados.

Creo firme­mente que tal cosa como aque­l­la bizan­ti­na y ridícu­la dico­tomía com­pues­ta por los region­al­is­mos y nacional­is­mos ver­sus los cos­mopolitismos y uni­ver­sal­is­mos lit­er­ar­ios, es poco más que un anacro­nis­mo metodológi­co y teóri­co, y tal vez un poco menos que un equívo­co con­cep­tu­al, cuyo ori­gen es más bien políti­co o geopolíti­co, que expre­sa una visión regre­si­va, vio­len­ta y autori­taria de lo que sig­nifi­ca la cul­tura lit­er­aria de los pueb­los. No existe, en real­i­dad, poesía may­or o poesía menor, al menos no en un sen­ti­do metafísi­co. Tan solo exis­ten lec­tores y comu­nidades de lec­tura, que tienen sus pro­pios ses­gos, intere­ses, capaci­dades y lim­ita­ciones. Pre­ci­a­do nos invi­ta a super­ar estas bar­reras. Su poesía está escri­ta y decla­ma­da para la humanidad.

La per­ti­nen­cia de mi anéc­do­ta y de la hipóte­sis de lec­tura que he con­stru­i­do a par­tir de ella se puede demostrar medi­ante la expli­cación de tres de los prin­ci­pales ejes temáti­cos de la poesía de Pre­ci­a­do: por una parte, la inda­gación genealóg­i­ca y la explo­ración de la memo­ria de los pueb­los que han con­for­ma­do la diás­po­ra afrode­scen­di­ente; por otra parte, el dis­cur­so social y cul­tur­al que impul­sa gran parte de la obra del poeta; y por últi­mo, la reivin­di­cación de la figu­ra del poeta como actor y per­son­aje social. 

Empiezo con el asun­to de la genealogía y el moti­vo de la diás­po­ra afrode­scen­di­ente. La críti­ca lit­er­aria, espe­cial­mente aquel seg­men­to de las acad­e­mias y uni­ver­si­dades de las Améri­c­as denom­i­na­da pre­cisa­mente amer­i­can­ista, ha debati­do ya durante mucho tiem­po y con sobre­abun­dan­cia las difer­en­cias entre la lla­ma­da poesía negrista y la poesía negra, afro o afro descen­di­ente y otras tan­tas des­i­gna­ciones teóri­c­as, muchas veces frívolas y anto­jadizas, y casi siem­pre expre­sión de las modas, las ten­den­cias de época y las nat­u­rales con­tin­gen­cias humanas. Toneladas de ensayos, artícu­los, estu­dios y libros, inclu­so tesis doc­tor­ales y trata­dos, se han escrito sobre por qué y cómo des­ig­nar con pre­cisión la poesía escri­ta y recita­da o can­ta­da por los miem­bros de las comu­nidades y pueb­los de la lla­ma­da diás­po­ra afrode­scen­di­ente. En todo caso, debe­mos ten­er en claro que la obra de Pre­ci­a­do, así como la de tan­tos poet­as de nue­stro con­ti­nente, ha tran­si­ta­do los der­roteros de la denun­cia, la reivin­di­cación, la cel­e­bración y la defen­sa de la con­frater­nidad y la sol­i­dari­dad humana y han hecho de esta mil­i­tan­cia el con­tenido pri­mor­dial de su lit­er­atu­ra. Por su parte, Pre­ci­a­do se ha toma­do el tiem­po nece­sario para reivin­dicar sus raíces étni­cas y cul­tur­ales, pero tam­bién ha tenido la sabiduría sufi­ciente para atem­per­ar los ímpe­tus de la mil­i­tan­cia juve­nil y jus­ticiera de sus primeros poe­mas. En los tiem­pos en que el lla­ma­do giro decolo­nial se apoder­a­ba de las fac­ul­tades y escue­las de cien­cias sociales, humanidades, filosofía y letras de todo el con­ti­nente, Pre­ci­a­do tenía ya un buen tre­cho recor­ri­do sien­do un autén­ti­co y orig­i­nal poeta de la decolo­nial­i­dad. Tales ideas fueron posi­bles entre los críti­cos de la lit­er­atu­ra lati­noamer­i­cana gra­cias al ingente mate­r­i­al que la obra de escritores que, como la de Pre­ci­a­do, parecían inau­gu­rar un nue­vo momen­to históri­co. Pero volva­mos a la obra de nue­stro poeta.

Así dice su poe­ma tit­u­la­do Merien­da de negros: “Ven­ga ust­ed, com­pañero del mun­do, / lo invi­ta­mos…” Exac­to, un microp­o­e­ma, dos ver­sos, tres líneas en total si tomamos en cuen­ta el títu­lo del tex­to, fueron sufi­cientes para que nue­stro poeta dejara en claro su posi­ción en el mun­do. La más potente e influyente acti­tud anti­colo­nial no es aque­l­la que se lamen­ta, se que­ja, se limi­ta a la denun­cia pan­fle­taria y pasajera. Es aque­l­la que tran­si­ta críti­ca­mente las dis­tin­tas per­spec­ti­vas de los debates con­tem­porá­neos. De la poesía negrista de los primeros años, hemos lle­ga­do a cier­ta visión críti­ca de lo que algunos teóri­cos lit­er­ar­ios han denom­i­na­do afro­cen­tris­mo. Ya no son los criol­los blan­quea­d­os los que retratan y más tarde conce­den la voz a los negros, aho­ra son ellos quienes les demues­tran a los dom­i­nadores, o a sus cap­at­aces, que todos los homo sapi­ens que han pisa­do el plan­e­ta tier­ra somos hijos, nietos y descen­di­entes de un pequeño grupo de homínidos que migraron des­de el África y deam­bu­lan­do durante milenos col­o­nizaron la tier­ra, domes­ti­caron el paisaje y le brindaron un futuro a nues­tra especie. Según el poeta Pre­ci­a­do, todos somos hijos de África, todos somos migrantes o hijos de migrantes o nietos de migrantes, inclu­so aque­l­los que no han acep­ta­do todavía la invitación a esta merien­da… somos negros. Detrás está la con­stat­ación de la genéti­ca mod­er­na y la antropología con­tem­poránea. La cien­cia lo ha demostra­do has­ta el har­taz­go: la raza es un arte­fac­to de la dom­i­nación, una her­ramien­ta colo­nial, una fic­ción del poder. Solo existe una raza: la humana. 

Tam­bién quiero referirme breve­mente del dis­cur­so social de Pre­ci­a­do. Tomo un solo ejem­p­lo, otra vez, porque me con­vo­ca biográ­fi­ca­mente. Me refiero a los ver­sos com­bat­ivos y la denun­cia de las injus­ti­cias que se evo­can en el Poe­ma en guer­ra para Mil­ton Reyes. Lo escogí, porque algu­na vez mi madre, que aca­ba de cumplir ochen­ta años, me con­tó cómo una de sus com­pañeras del últi­mo año de cole­gio y veci­na de entonces, se había ennovi­a­do con el famoso már­tir rev­olu­cionario. Al pare­cer, Reyes escapa­ba con­tin­u­a­mente de la per­se­cu­ción de los agentes del Esta­do y en una ocasión estu­vo escon­di­do en la casa de mi madre jun­to a su ami­ga, la novia del rebelde. No haré una lista com­ple­ta de los per­son­ajes pop­u­lares recu­per­a­dos por Pre­ci­a­do, espe­cial­mente de aque­l­los sím­bo­los de la san­gre, de la raza (una noción ya resig­nifi­ca­da por nue­stro poeta y con­ver­tido en una her­ramien­ta de lib­eración), tan solo quiero nom­brar algunos: Sandi­no, Rem­ber­to Esco­bar, Peti­ta Pal­ma, Miri­am Make­ba, Juan Gar­cía, etc. Pues bien, estos son algunos ver­sos que Pre­ci­a­do le ded­i­ca a Reyes: “Mil­ton fue her­mano mío / des­de que comen­zamos / a orga­ni­zar avis­pas en los techos, / él era como un ángel / nun­ca des­ocu­pa­do para el vue­lo, / pero un día, / bre­gan­do, / le hicieron en la vida un agu­jero. / Por eso es que me veis estas espinas, / por eso agrego nubes a la espi­ga, / por eso escu­pen tier­ra los luceros”. 

Hay un tema más de la obra de Pre­ci­a­do que lla­ma espe­cial­mente mi aten­ción: el poeta como per­son­aje social. En uno de sus poe­mas nos dice lo sigu­iente: “Ya está de nue­vo aquí / el pájaro de fuego que viene / por las tardes cuan­do escri­bo / y se que­da con­mi­go por / poe­mas enteros, / gor­jeo tras gor­jeo / pal­abra tras pal­abra. / Yo con­tem­p­lo en silen­cio / su afa­ble lla­ma­ra­da / cuan­do con devo­ción ani­da / entre mis ver­sos y per­manece / qui­eto mirán­dome, / mirán­dome como que­rien­do / ver si tam­bién ten­go alas”. Pre­ci­a­do es un poeta que ha sido edu­cador, gestor cul­tur­al, líder políti­co y comu­ni­tario, diplomáti­co y defen­sor del buen nom­bre de la nación ecu­a­to­ri­ana. No ha sido un académi­co, fun­cionario o empre­sario que ha escrito ver­sos por capri­cho o curiosi­dad, ni mucho menos un suje­to de esos que abun­dan, que escribe o pre­tende escribir ver­sos para inve­stirse de cier­ta acar­ton­a­da dig­nidad de dudoso ori­gen. La poesía para él ha sido ese “pájaro de fuego” con el que ha tenido que pelear cuer­po a cuer­po para encon­trar su lugar en el mun­do. Este no es un asun­to menor. Pre­ci­a­do ha sido uno de esos poet­as lati­noamer­i­canos de su gen­eración que le ha devuel­to la dig­nidad y la impor­tan­cia al ofi­cio poéti­co. Algunos de nosotros todavía ten­emos que dar expli­ca­ciones cuan­do nos encon­tramos con alguien por primera vez: soy docente, soy abo­ga­do, soy médi­co… ¡Ah! Sí, tam­bién soy poeta. La defen­sa de la figu­ra del poeta como actor social y políti­co ha sido una de las con­stantes de la obra de Pre­ci­a­do. No se escribe poesía como una velei­dad o un com­pro­miso de ocasión social. Se escribe poesía porque, si no escribi­mos, el sen­ti­do de la vida mis­ma se desvanece. Esa es la difer­en­cia entre los que esta­mos con Pre­ci­a­do y bueno… los otros.

No puedo ter­mi­nar este comen­tario sin reseñar, aun cuan­do sea de pasa­da, el tal­en­to y genio de Pre­ci­a­do para mane­jar a su anto­jo las téc­ni­cas com­pos­i­ti­vas. Hoy día, lam­en­ta­ble­mente, dejamos pasar por artista, por poeta en este caso, a cualquier afi­ciona­do o ambi­cioso que recibe reconocimien­to porque pertenece a una minoría sexo géner­i­ca, étni­ca, nacional o de cualquier otro tipo, aunque no sepa en real­i­dad ape­nas nada de com­pon­er una can­ción o escribir un buen tex­to. Les pub­li­camos libros, les dedicamos artícu­los cien­tí­fi­cos, les entreg­amos pre­mios a estos per­son­ajes que ape­nas saben leer o escribir, com­pon­er o inter­pre­tar, porque son raros, descas­ta­dos o provienen de algún tipo de población en situación de vul­ner­a­bil­i­dad. Y no porque sean grandísi­mos e impeca­bles prac­ti­cantes de algún género de arte especí­fi­co. Pre­ci­a­do hizo su camino a con­tra­cor­ri­ente: lo recono­ce­mos como uno de los poet­as de la patria, de los grandes de la nación y, sólo entonces, como con­se­cuen­cia de su exce­lente poesía, recono­ce­mos que ten­emos delante a un académi­co, un políti­co, un ali­a­do de las causas jus­tas y la lib­er­tad. La poesía no es un sicario que puedas con­tratar para que haga tu tra­ba­jo sucio, como hacen los pan­fle­tar­ios y los opor­tunistas; la poesía es una vocación, un modo de conocimien­to y una man­era especí­fi­ca de habitar el mun­do. Gra­cias, Anto­nio, por insi­s­tir en esta idea durante tan­to tiem­po. A veces, inclu­so en con­tra de algunos de nue­stros aliados.

Se ha escrito tam­bién sobre las analogías sor­pren­dentes y las adje­ti­va­ciones imper­ti­nentes, tan propias de la obra de Pre­ci­a­do. De las primeras debo decir que son una prue­ba de la capaci­dad imag­i­nar­ia de nue­stro autor para sor­pren­der­nos y rea­co­modar nues­tra per­cep­ción de la real­i­dad. Eso es lo que hace la ver­dadera poesía: aso­ciar una cosa con otra sin aparente fil­iación ni relación direc­ta y fun­dar de nue­vo el lengua­je humano y, con él, el mun­do. Tomo un solo ejem­p­lo, extraí­do del poe­ma tit­u­la­do His­to­ria muy común que aca­ba a boca llena, con Dios seri­amente impli­ca­do. En uno de sus ver­sos, nos ofrece esta ima­gen: “un mato­jo de tiem­po pretéri­to incon­clu­so / cre­cien­do hacia la tier­ra en la mac­eta / por entre la olorosa leal­tad de la alba­ha­ca”. Pues bien, ni la alba­ha­ca posee el méri­to de la leal­tad, ni la leal­tad es olorosa. El poeta ha jun­ta­do ele­men­tos sen­cil­los de la cotid­i­an­idad, que no se nos ocur­riría unir, sal­vo en un mun­do donde todo es posi­ble: el mun­do de la poesía. Y lo hace para hablar del amor, un dios gen­eral­mente capri­choso e indomable, y a veces inclu­so muy ren­coroso y cru­el. Pero este dios que evo­ca Pre­ci­a­do es leal, per­sis­tente, invencible.

Quiero ter­mi­nar nom­bran­do uno de los logros más icóni­cos de la poesía de Pre­ci­a­do. La reapropiación y rein­ter­pretación del val­or del sonido en la poesía, de la mano de la cul­tura pop­u­lar y la tradi­ción oral, fuente de edu­cación e inspiración de nue­stro poeta. Cuan­do pen­samos en la defen­sa de la memo­ria de los pueb­los de la diás­po­ra afrode­scen­di­ente, nos viene de inmedi­a­to la abun­dan­cia de alit­era­ciones, ono­matopeyas, parono­masias y aná­foras, en oca­siones todas jun­tas y com­bi­nadas, sin el menor atis­bo de super­fi­cial­i­dad, como ocurre en estos ver­sos ded­i­ca­dos al líqui­do vital: “el agua pri­mor­dial de todo el año; / el agua audaz que se decide a ola, / el agua firme que horadó la roca, / el agua tor­ren­cial que me ha moja­do; / el agua lavan­dera de la casa, / el agua pobre que jamás des­cansa, / el agua que anda a pie por los sem­bra­dos”. He pen­sa­do que estas y otras aten­ciones sobre el sonido tienen que ver con una con­cien­cia cor­po­ral de la poesía. El poe­ma debe afec­tar al cuer­po, debe con­mover­nos de man­era conc­re­ta, rad­i­cal. Tiene que sen­tirse en la piel y en los órganos inter­nos que esta­mos leyen­do un poe­ma. De esto se tra­ta la eufonía como prin­ci­pio com­pos­i­ti­vo, como mar­ca de agua personal.

A veces, ya avan­za­da la noche, cuan­do con­ver­samos sobre estas cosas con los ami­gos, yo digo que la poesía líri­ca es una for­ma de la músi­ca, que un poe­ma es una especie de llan­to o risa con­teni­da y sub­li­ma­da por la pal­abra. No lle­ga a ser un con­cep­to cer­ra­do el poe­ma, no debería aspi­rar a ser­lo. Pero tam­poco puede ser un sim­ple gemi­do o un lamen­to, no goza de esa vir­tud. Este estatu­to ambiguo y libér­ri­mo del poe­ma deja a la poesía en un lim­bo entre el gri­to y la idea. Este esce­nario inter­me­dio, donde todo puede ocur­rir, donde todo se puede cues­tionar, donde todas y todos podemos con­cur­rir sin ambi­ciones ni temores es la poesía. Allí donde la religión, la políti­ca y la cien­cia no lle­gan, lle­ga la poesía. El lugar donde podemos con­stru­ir una comu­nidad esen­cial­mente humana, sin naciones ni ban­deras, sin patrias ni ter­ruños, sin Esta­dos ni igle­sias. O mejor, digá­moslo con el poe­ma de Anto­nio Pre­ci­a­do, tit­u­la­do La pal­abra yo: Lev­án­tate, / ya es la hora de unirte a todas las demás / para ir en romería / a la tum­ba en que vive hoy Manuel del Cabral, / el poeta que dijo / (como para que tú nun­ca lo olvides, / pequeña soli­taria) / que la pal­abra crece / has­ta los topes de la muchedumbre”. 

 

 

 


(Nota de los edi­tores: Este ensayo fue leí­do por su autor el 30 de agos­to de 2024, durante la pre­sentación de Con todos los que soy, la cuar­ta edi­ción de la antología poéti­ca de Anto­nio Pre­ci­a­do, pub­li­ca­da por El Ángel Edi­tor. Una ver­sión abre­vi­a­da del mis­mo fue pub­li­ca­da en la últi­ma edi­ción de la revista Letras del Ecuador, # 213, ded­i­ca­da a la necrop­olíti­ca y la lit­er­atu­ra. )

 

 

 


César Eduar­do Car­rión (Quito, 1976). Poeta y docente. Des­de 2006, ha pub­li­ca­do var­ios poe­mar­ios, libros de ensayo y estu­dios lit­er­ar­ios. Sus poe­mas con­stan en revis­tas y antologías lati­noamer­i­canas y extran­jeras y han sido tra­duci­dos al inglés, francés y por­tugués. En 2024, fue galar­don­a­do con el XLVIII Pre­mio Nacional de Lit­er­atu­ra Aure­lio Espinosa Pólit con la obra Galería de lugares comunes (EdiPuce, 2025). Actual­mente, tra­ba­ja como pro­fe­sor prin­ci­pal e inves­ti­gador en la Pon­ti­f­i­cia Uni­ver­si­dad Católi­ca del Ecuador.