PostApocalipsis Nau

Insaboras

Cuen­to de Nadia Aydin

“Te tomaste mi vida durante la demolición”

Richard Cole­man.

Lux, no me digas que espere más porque no aguan­to. La últi­ma vez, antes de que surgiera la col­me­na, esperé tres meses en un depar­ta­men­to, pase­an­do un per­ro todos los días, aparentan­do que era una vie­ja jubi­la­da, has­ta el pun­to de que comencé a creerme el per­son­aje. Pero cuan­do me vinieron a bus­car con la luz verde para rein­te­grarme, al mero día sigu­iente me viste yen­do, como si nada, a com­prar el pan a la tien­di­ta con las gafas y la capucha de siem­pre. Cuan­do llegué, seguía sor­da a cuen­ta de todos los estru­en­dos que esquivé; la seño­ra del mostrador, ni se dio cuen­ta de mí, me dio la espal­da sin mirarme de reo­jo. Tan estric­ta con­si­go mis­ma, tan pre­deci­ble en su rec­ha­zo, como si fuese un espe­jo de nue­stro viejo tan­go, un abra­zo espina­do de la indiferencia.

Hace unos años, cuan­do nos aven­turábamos a la calle, a donde sea que fuéramos, nos reconocían por un no sé qué que llevábamos plas­ma­do en la cara; por esta con­vic­ción par­ti­sana ante un esque­ma que se desvanecía por ilu­so­rio. Éramos mil­i­tantes tejien­do algu­na ruti­na. Por suerte, en esa época, todavía el tiem­po pasa­ba en inter­va­l­os pre­deci­bles. Aún era posi­ble sifon­ear energía, todavía ali­menta­ba mi fe, imag­inán­dome el día en que todos podríamos salir a la calle sin pen­sar en la muerte, sin ese frío instan­tá­neo por la espal­da de los primeros dos pasos al cruzar la puer­ta; ese cim­bron­a­zo que por un instante aniquila el sol, las flo­res y las ganas de seguir.

Las cel­das de la col­me­na se desa­taron como hier­ba mora, por la geografía inter­lin­ea­da de mon­tañas y valles. Hexá­gonos de hormigón y acero, espar­ci­dos a inter­va­l­os incues­tion­ables, con ven­tanales que los tor­nan invis­i­bles. Entre cel­da y cel­da forma­ban el teji­do de la red, conecta­ban estos pequeños ori­fi­cios medi­ante los cuales nos comu­nicábamos como luciér­na­gas cod­i­fi­cadas en la luz y la fre­cuen­cia cor­ta. Operábamos ampara­dos por el estru­en­do de la ciu­dad, el bul­li­cio del agua, el clax­on men­tal de los cere­bros asus­ta­dos que acata­ban cada absur­da orden mediáti­ca. Fue tan arcaica la estrate­gia que resultó bril­lante durante un perío­do de tiem­po indefinido, se escapa a mi memo­ria cuán­to duró. 

¿Cómo puede ser posi­ble que pasen tan lento las noches y en un parpadeo los días? Ayer mandé toda la data posi­ble, hice el tra­ba­jo de dos días en una de mis largas, exten­sas, hipertró­fi­cas noches. ¿Lo recibiste? No tiene que ver pero con­fieso que el col­or azul me gus­ta mucho más que antes; nece­si­to restable­cer la comu­ni­cación, una señal. Me con­sue­lo con la tregua lenta de la madrugada. 

Con­tés­tame, Lux. Me gus­ta pen­sar cómo serían las cosas sin esta guer­ra. A veces dudo, esto no tiene solu­ción, no solo por las masacres recur­rentes con las que comen­zó todo, (¿quién que­da?) sino por los dos últi­mos años sin luz, el patrul­la­je per­ma­nente, el toque de que­da. Fue ahí que, sin darme cuen­ta, comencé a dormir de día y estar despier­ta en la noche. 

Aho­ra, sin esta­ciones definidas, la cosa es menos fácil. El tiem­po solo se ensan­cha, amor­fo y plano. Tra­to de nue­vo la conex­ión con la radio de fre­cuen­cia cor­ta: “¿Aló, me están escuchan­do?” Otra vez se cayó la señal. “¿Aló?” La alar­ma activó el dis­per­sor de señal automáti­co; se cae la energía, aprovechan para ras­trearnos; me están sigu­ien­do, una y otra y otra vez. “¿Aló?” cam­bio el códi­go todos los días y lo descifran. Es la expli­cación más lógica. 

Cuan­ta iner­cia había hoy entre las siete de la mañana y las nueve, no se mueve ni una hoja. Casi ya no veo gente cam­i­nan­do por las calles, solo perci­bo restos mien­tras la ciu­dad parece que se desin­te­gra. En las calles del bar­rio hay bal­cones que se caen sin avi­so. Pero aún me aven­turo a la tien­di­ta, en las ces­tas siem­pre encuen­tro algo: una papa, una zana­ho­ria en el sue­lo, no es des­deñable, el corazón de una man­zana todavía húme­da, roí­da por den­tel­ladas humanas. 

Mier­da, se me fue la cabeza otra vez. De regre­so, por fin, se activó la batería aux­il­iar de emer­gen­cia de mi dis­pos­i­ti­vo. “¿Hola, me escuchas?”  “¿Hola?” Ok, no pasa nada, a los demás tam­bién se les debe haber caí­do la señal. Qué raro; no debería. Por lo menos esta noche se fil­tra algo de luna a través de las ventanas. 

A mi costa­do sien­to hela­da la pared, voy por los bor­des de la penum­bra hacia la coci­na para com­er algo. La comi­da no está mal ni bien. Ayer se tapó la chime­nea; debería haber hecho más frío. Des­de que estoy aquí, ya no es como antes. Me sien­to más liviana, la situación no me inspi­ra hambre. 

En la pared, defin­i­ti­va­mente perci­bo una luz que no había vis­to antes. No lo sé a cien­cia cier­ta, pero las comu­ni­ca­ciones tran­si­tan por ver­tientes de la red que san­gran, se tra­gan entre sí; la red se fil­tra y se expande hacia esferas a las que no podemos acced­er. De regre­so, con los víveres bajo el bra­zo, me nació el temor de que si te ater­rizan mis men­sajes ya no me reconoz­cas. Ya está bien, estoy pen­san­do mucho. Mejor me voy por los filos para revis­ar afuera, por si las moscas; me toca otra noche a oscuras y las ron­das de reconocimien­to siem­pre ayu­dan a calmarme.

Me acuer­do que cuan­do provo­caron el black out energéti­co, sin el res­guar­do de otras fuentes de luz, dejaron a la col­me­na casi que en pelotas, estu­vi­mos a pun­to de ser aniquila­dos. Muchos fueron inter­cep­ta­dos y desac­ti­va­dos en el inten­to de rea­gru­parnos; pero tú no. 

Hace un momen­to pen­sé haberte recono­ci­do en un destel­lo, una señal de vida que duró menos de un segun­do; estoy segu­ra de que no me imag­ine o quizá ya enlo­quecí. No sé dónde estás, ni cuán­to tiem­po ha pasa­do, solo sé que bus­co una brúju­la, un mapa de salida. 

Al prin­ci­pio nos costó reac­cionar, resi­s­tir, volver a invis­i­bi­lizarnos. Después, solo chate­a­ba con dos com­pas de Brasil por una de esas apli­ca­ciones que pro­lif­er­aron en respues­ta a la hecatombe del 2026, una app inde­tectable por vie­ja. Poco había queda­do del Par­tido dos Tra­bal­hadores con los mil­lones de muer­tos por el lento despliegue de la radiación des­de Europa a través del Atlán­ti­co. Los sobre­vivientes de las igle­sias evangéli­cas vagan arma­dos has­ta aho­ra, como muchos otros gru­pos con diver­sas ide­ologías esculp­i­das bajo el mis­mo delirio de ulti­ma supervivencia. 

Cuan­do me estre­so por los tiro­teos en las calles, voy tan rápi­do entre las pare­des de hormigón que pareciera que habito en la red de espa­cio que une todas las cel­das de la col­me­na. Así me he sal­va­do de algu­nas últi­ma­mente, aunque reconoz­co que al “tran­si­tar” de una dimen­sión a otra, lo apa­go con un can­san­cio que antes me era descono­ci­do. Ya pasaron trein­ta min­u­tos, voy a re encrip­tar mi posi­ción. “Ubi­cación descono­ci­da”, así fig­uro en el sis­tema de con­tac­to des­de el últi­mo com­bate en la plaza del Par­que acuáti­co. Mejor, pero no entien­do por qué; tam­bién puede ser el ras­treo enemigo. 

Como sea, dicen que la cordillera nos ampara de la nube radi­ac­ti­va, yo no les creo tan­to, de todas man­eras, no sabe­mos, no supi­mos siquiera de todas esas bom­bas hace dos años, que tan­ta gente esta­ba murien­do, solo se supo el silen­cio y que el inter­net tenía un grave daño. Después, se vinieron aba­jo las pocas fron­teras y los gob­ier­nos que qued­a­ban se deshi­lacharon en tenues ves­ti­gios sor­do mudos. 

Ya en la coci­na, a oscuras, con un frío oblic­uo, pico unas fru­tas ins­ab­o­ras. En cuclil­las mi som­bra se proyec­ta en la pared, casi como flotan­do; debe ser que se me entu­mecieron las pier­nas. Sin embar­go, por momen­tos, vuelve esa luz que bor­ra todos los refle­jos desvanecién­dome. Te busco.

Pien­so salir por la mañana, como si nada, desen­tu­me­cerme, que impor­ta si hay fran­co tiradores. Oigo las balas sil­bar, reb­o­tar en el sue­lo, pero no los dis­paros. La comu­ni­cación no se restablece, nadie sabe real­mente cuán­do volverá; si mataron a todos, qué más da, es cuestión de tiem­po. Pero si solo son esos vien­tos radi­ac­tivos inter­mi­tentes, quizá regrese la conex­ión como otras veces. Esperaré. 

Por la mañana no es la mañana y por la tarde no es la tarde; la cosa se puso peor, cuan­do las uñas se cayeron de mis dedos, ni las sen­tí; hoy me di cuen­ta que los col­ores de los árboles movi­dos por el vien­to en la ven­tana son más tenues; igual de ale­gres, pero páli­dos, es como si se hablaran en secre­to entre sí. Por suerte no he lle­ga­do tan lejos para alu­ci­nar ¿Me daría cuenta?

La ven­tis­ca no me dejó salir, estoy segu­ra de que al ene­mi­go tam­poco. Algo oí en la onda cor­ta de la dis­tor­sión elec­tro­mag­néti­ca; de lo poco que se entiende, es por esto que exper­i­men­ta­mos la sen­sación de ingravidez y la des­ori­entación cir­ca­di­ana. ¿Te acuer­das la últi­ma vez que te vi? Esquiv­ábamos las balas antes de los estal­li­dos, cor­ri­mos camino a la tien­da, jus­to después sen­tí por un instante que flota­ba, cuan­do volteé para enseñarte que mis pies no toca­ban el sue­lo, perdí con­tac­to en la polvareda.

Vinieron por mí anoche, después de la ven­tis­ca, dieron con las coor­de­nadas de mi cel­da, pero aho­ra vue­lo en la penum­bra. Cuan­do entraron, yo ya esta­ba al otro lado de la luz. 

—Hola, hola, habla Lux, — tu voz dis­tor­sion­a­da, como en cubos, cor­ta lo estáti­co del aire, pier­do conexión.

Esta mañana muy tem­pra­no, han entra­do a la casa, aún no se van, dos hom­bres sin uni­forme de espal­das a mi posi­ción, bus­can has­ta en la últi­ma esquina, oper­an su radio:

—Coman­dante, no hay ras­tros de vida pero la encon­tramos, su cuer­po se encuen­tra con indi­cios de alteración elec­tro­mag­néti­ca, pro­cedemos a reti­rarnos con los restos, antes de que sub­an los nive­les radi­ac­tivos con el sol.

Nadia Aydin (Madrid, 1994) estudió Lit­er­atu­ra Com­para­da entre Estam­bul y Madrid. Sus intere­ses giran en torno a la memo­ria, la tec­nología y las for­mas con­tem­poráneas del desar­rai­go. Actual­mente tra­ba­ja en La noche que aprendió a durar, un vol­u­men de relatos sobre ciu­dades que sobre­viv­en al fin del mundo.