Insaboras

—Cuen­to de Nadia Aydin—

Cuan­do llegué, seguía sor­da a cuen­ta de todos los estru­en­dos que esquivé; la seño­ra del mostrador, ni se dio cuen­ta de mí, me dio la espal­da sin mirarme ni de reo­jo. Tan estric­ta con­si­go mis­ma, tan pre­deci­ble en su rec­ha­zo, como si fuese un espe­jo de nue­stro viejo tan­go; un abra­zo espina­do de la indiferencia.

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El barrendero y sus amigos 

Ni el vien­to de la madru­ga­da entra tan rápi­do. El dedo corre la cer­radu­ra, casi con taquicar­dia, cier­ra las dos ald­abas de la puer­ta desven­ci­ja­da de la pieza con baño que arrien­da más allá del per­iféri­co; por aba­jo, entran­do entre los dos puentes desnive­les, en un mini laber­in­to de pasajes. Aden­tro, cam­i­na dos pasos, de un man­o­ta­zo cier­ra las corti­nas de la pequeña ven­tana, la úni­ca que hay, en cuclil­las, mueve el cenicero de mura­no que está sobre una cobi­ja usa­da como man­tel, se caen sobre un rodapié en hara­pos las chichar­ras recopi­ladas de la sem­ana pasa­da; de las reuniones…

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