Insaboras
Cuando llegué, seguía sorda a cuenta de todos los estruendos que esquivé; la señora del mostrador, ni se dió cuenta de mí, me dio la espalda sin mirarme ni de reojo. Tan estricta consigo misma, tan predecible en su rechazo, como si fuese un espejo de nuestro viejo tango; un abrazo espinado de la indiferencia.
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