Por una crónica comunal I

Hubo un parte aguas des­de el prin­ci­pio con Chávez, gran parte del mun­do académi­co e int­elec­tu­al le dio la espal­da al pro­ce­so chav­ista, muchas veces des­de una posi­ción mar­cada­mente de clase, que era a su vez la expli­cación de su propia posi­ción políti­ca. Pero a su vez el chav­is­mo incor­poró a una can­ti­dad de com­pañeras y com­pañeros que venían des­de antes, de difer­entes resisten­cias de los seten­tas, ochen­tas y noven­tas. El chav­is­mo es una creación propia, mil­lones de per­sonas que nun­ca habían par­tic­i­pa­do en políti­ca y que de repente forma­ban parte de un pro­ce­so con una poten­cia extra­or­di­nar­ia. Entonces ahí vas a ten­er un gigan­tesco momen­to de creación, lo vas a ver en ensayos políti­cos, en libros de poesía, en las edi­to­ri­ales que te comenta­ba, que pub­li­can y pub­li­can y pub­li­can, con may­or o menor cal­i­dad, pero era la democ­ra­ti­zación. Así como se democ­ra­ti­za el con­sumo o la vivien­da, se democ­ra­ti­za la pro­duc­ción artís­ti­ca. La alta cul­tura deja de ser una cuestión inal­can­z­able, que solo puede hac­er una per­sona que tienen un deter­mi­na­do recor­ri­do o características.

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