El cuchillo clavado al morral

Sabes que susurrar­le a la galerista para que redoble la ofer­ta, o cuan­do callar frente al curador para que empiece a insi­s­tir. Sabes cómo enredar al deal­er de la casa de sub­as­tas. Tu preferi­do, el direc­tor de museo; vas por la espal­da y siem­pre se que­da sospechan­do que guardas mucho más. 

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Marabunta

En la obscuri­dad del túnel, solo la luz de la obsid­i­ana me guía, el con­tra­pun­to solemne susurra miles de vocecitas que armo­nizan innu­mer­ables comi­siones de emba­jadas indul­gentes, almuer­zos y fes­tines de la obse­cuen­cia en degradé.

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