PostApocalipsis Nau

Hollow City

Ilus­tración 3d por Fran­cis­co Galárraga

“(…) temo todas las heri­das del mun­do que perdí.”

Jorge Velas­co Mackenzie

Es fea, fla­ca, muy pecosa y me prende el anafre. El tinte rojo de su pelo está muy mal­trata­do, seguro antes se teñía de rubia, demasi­a­do col­orete y rubor en las mejil­las. Se viste mal, sus tacones la apri­etan, parece haber dis­cu­ti­do con alguien, está tir­i­tan­do. Me esta­cioné en la calle San­ta María, a la vuelta del Ari­ana 2, iba a bajarme, pero seguí mirán­dola. Apagó su cig­a­r­ril­lo, miró  su telé­fono, luego a la calle, nadie viene. Alargo la espera, abrí la puer­ta y bajé, al cruzar la calle me sen­tí ridícu­la, vieja. 

Rocé su codo, una cor­ri­ente de elec­t­ri­ci­dad nos hizo saltar a las dos, nos miramos.  Acep­tó con una son­risa el cig­a­r­ril­lo que le ofrecí. Den­tro del local, comió con ham­bre, pedí cerveza. Esos ojos de cachor­ri­to apalea­do escon­den a una bes­tia; la ale­gría en sus gestos me provo­ca las­ti­mar­la. Me enseñó el tat­u­a­je en su bra­zo, el obtu­rador de una cámara con una ser­pi­ente enroscán­dose, la vi caván­dome con su nar­iz de cajera del Super­Nazi. Llev­a­ba unos tacones des­cu­bier­tos, no dejé de mirar el esmalte descas­cara­do de las uñas de sus pies; Lore­na roz­a­ba mis botas deba­jo de la mesa. Su poca habil­i­dad para la men­ti­ra me enterneció; San­dra, su mejor ami­ga, la hizo eno­jar, se le acabó la batería del celu­lar, no se acuer­da de su número, se iban a encon­trar en un bar de la Cala­ma para ir a una fies­ta en Tum­ba­co. Tra­ba­ja de recep­cionista en un con­sul­to­rio den­tal, además es man­i­curista los fines de sem­ana, arrien­da un cuar­to por el Calzado.

—Vivo cer­ca, te puedo ir a dejar —Pedí más cerveza. 

Descendí por la vie­ja Ori­en­tal, se había queda­do dormi­da, con la cabeza ladea­da en el asien­to. Entré muy rápi­do a la sigu­iente cur­va para ver si se des­perta­ba, se aco­modó. La vía esta­ba vacía, res­p­lan­de­ciente por la lloviz­na. Al pasar por la gaso­lin­era Mobil, metí mi mano deba­jo de su fal­da. Su res­piración se acel­eró, no abrió los ojos, pero si sus mus­los; reclinó el asien­to, hundí mis dedos en su pubis, Lore­na se bam­bolea­ba. Me pasé el semá­foro. En la subi­da a Lulun­co­to tomó mi mano hacia aden­tro. Pare­ció aqui­etarse, se sacó mi mano; abrió la ven­tana, tomó mis cig­a­r­ril­los del estuche bajo la palan­ca de cam­bios, prendió uno. Paré en el semá­foro en rojo de la Alon­so de Ángu­lo. Me lamí los dedos:

—Todavía no lleg­amos a Turubamba.

 

 

***

Rozo su cos­til­lar con mis dedos amar­il­len­tos de nicoti­na, oscila bajo el tem­blor de mis manos. Es tan frágil, podría matar­la mien­tras duerme, lo que le hago cuan­do está despier­ta no es ni la mitad de lo que desearía que sufra. Ron­ca y babea en mi almo­ha­da, se sacude, hay alguien más en mi cama, el insom­nio me pone de pie. Me vuel­vo a meter en la cama, Lore­na se hace la dormi­da mien­tras la acari­cio. Su res­piración se acel­era. Me muerde el cuel­lo para que me vuel­va más brusca. 

Lore­na se lev­an­ta tarde, revisé su bol­so; tiene otro nom­bre en su cédu­la, solo no mintió en su edad y en el can­tón en que nació. Sacude las pier­nas, ráp­i­da­mente des­blo­queo su celu­lar; encuen­tro fotos de un niño idén­ti­co a ella, con un pañue­lo verde en el cuel­lo, en una mar­cha en la Plaza de San Fran­cis­co, la estúp­i­da de Lil­iana (¡ya págame coju­da!), lo lle­va de la mano, Lore­na son­ríe con la pan­car­ta. Lo que menos sopor­to de Lore­na es su fan­tasear en una vida que nun­ca ten­drá. La veo de reo­jo mien­tras cam­i­na descalza, saca una de mis blusas de la ropa sucia, se abotona, mien­tras preparo la comi­da. De la tabla de picar se ele­va un olor a cloro, no viene del lavabo, ni del baño, es del pol­lo que metí al horno. Su acen­to y su descaro me exci­tan, pero al día sigu­iente solo quiero que se calle y se vaya. Lau­ra insiste en con­tarme cosas, ya no la escu­cho, fumo impa­ciente, le pido que se vaya. 

—Cer­da estúp­i­da —se fue dan­do un portazo. 

Me fijo en la ala­ce­na, fal­tan algu­nas latas de atún, la botel­la de vod­ka, el fras­co con flor que ape­nas coseché. Cuan­do no ten­ga pla­ta volverá.

 

 

***

Fumo desnu­da frente al espe­jo: ¿Y aho­ra qué Diana? ¿Y aho­ra qué? Mi estó­ma­go cada vez más débil, mis cos­til­las dela­tan el taba­co en mis pul­mones, mis dedos man­cha­dos de hachís, nicoti­na, un cabel­lo de Lore­na. Vago por el depar­ta­men­to como un fan­tas­ma, las corti­nas cer­radas, la músi­ca a todo vol­u­men, medio vesti­da, con un cig­a­r­ril­lo en la mano, una botel­la en la otra. Otro bache sin cobrar, no les con­testo a mis acree­dores, los que me deben se desa­parecieron. La deses­peración me cor­ta el sueño. Lo más pare­ci­do a un lujo que me per­mi­to es un hela­do, sola, en el patio de comi­das, en el Qui­cen­tro de Qui­tumbe, cuan­do aca­ban de abrir, a mitad de sem­ana, sin gente. Mis botas están a pun­to de hablar como un grem­lin. Casi nun­ca uso tacones, pero luego del primer tropiezo ya estoy derecha. Mis abri­gos tienen las man­gas mordis­queadas, hue­len a taba­co. Sue­na mi celu­lar, es Lore­na, no con­testo. “Soñé que te enfer­mabas y que no había cómo curarte”, me escribe. La elim­i­no de mis con­tac­tos y la bloqueo.

 

 

***

—Chapotear en un pan­tano de miem­bros desmem­bra­dos con un tirón en el estó­ma­go, así es volver a Grn­der, me dijo Adriel—. Solo negros, feos, indios, afem­i­na­dos, vene­zolanos, colom­bianos, cubanos, nada que me caliente. Me apare­ció el per­fil de un viejo pro­fe­sor de cole­gio, me acordé de sus clases de teatro y empecé a pajearme; cuan­do acabé, mi cuer­po esta­ba muy lejos, no reconocí mis gemi­dos, parecían los de un cuy retor­cién­dose bajo el cuchillo. 

—¿Soga o pastil­las?, voy por La Marín, donde ocurre la metafísi­ca, el embrague del jeep corcovea.

Adriel vuelve a lamen­tarse por no haber estu­di­a­do arqui­tec­tura: ten­dría una situación económi­ca más estable, un novio, una casa, así podría adop­tar a una niña. Hace tres años que Manuel ter­minó con él, fue su relación más larga y sig­ni­fica­ti­va. Manuel encon­tró en sus esta­dos de cuen­ta las fac­turas del hostal, las dick­pics que le mand­a­ban sus alum­nos, no hubo un segun­do perdón. Des­de entonces, Adriel encuen­tra al nue­vo Pol­lock de la sub 30, al Banksy que llegó de provin­cia, y se lo trae a vivir con él. Tres sem­anas después, su sobri­no del año pasa­do lo blo­quea de todas las redes, se lle­va su lap­top, o su impre­so­ra 3D, para encon­trar­lo en una fies­ta, besán­dose con un chico más joven y con más dinero. Adriel no fue a la cena de pro­fe­sores de fin de semes­tre del insti­tu­to, se citó con un scort en un hostal del bar­rio Améri­ca; lo escopo­lam­inó, vació sus tar­je­tas, se llevó su ropa. Me llamó para que lo vaya a recoger. Den­tro del car­ro, el suéter y el pan­talón que le tra­je lo hacían ver más pequeño y frágil mien­tras lloraba. 

 

 

***

Des­blo­queo a Lore­na. Me empieza a lla­mar, dejo que sus men­sajes se acu­mulen, ape­nas veo el últi­mo, bor­ro los demás. Voy a recoger­la de la Tri­buna de los Shyris, des­de lejos veo que está acom­paña­da por el niño de las fotografías que vi en su celu­lar, aho­ra casi de su tamaño. Me cam­bié de car­ril, mien­tras me hacía señas pasé de largo frente a ella.