
“(…) temo todas las heridas del mundo que perdí.”
Jorge Velasco Mackenzie
Es fea, flaca, muy pecosa y me prende el anafre. El tinte rojo de su pelo está muy maltratado, seguro antes se teñía de rubia, demasiado colorete y rubor en las mejillas. Se viste mal, sus tacones la aprietan, parece haber discutido con alguien, está tiritando. Me estacioné en la calle Santa María, a la vuelta del Ariana 2, iba a bajarme, pero seguí mirándola. Apagó su cigarrillo, miró su teléfono, luego a la calle, nadie viene. Alargo la espera, abrí la puerta y bajé, al cruzar la calle me sentí ridícula, vieja.
Rocé su codo, una corriente de electricidad nos hizo saltar a las dos, nos miramos. Aceptó con una sonrisa el cigarrillo que le ofrecí. Dentro del local, comió con hambre, pedí cerveza. Esos ojos de cachorrito apaleado esconden a una bestia; la alegría en sus gestos me provoca lastimarla. Me enseñó el tatuaje en su brazo, el obturador de una cámara con una serpiente enroscándose, la vi cavándome con su nariz de cajera del SuperNazi. Llevaba unos tacones descubiertos, no dejé de mirar el esmalte descascarado de las uñas de sus pies; Lorena rozaba mis botas debajo de la mesa. Su poca habilidad para la mentira me enterneció; Sandra, su mejor amiga, la hizo enojar, se le acabó la batería del celular, no se acuerda de su número, se iban a encontrar en un bar de la Calama para ir a una fiesta en Tumbaco. Trabaja de recepcionista en un consultorio dental, además es manicurista los fines de semana, arrienda un cuarto por el Calzado.
—Vivo cerca, te puedo ir a dejar —Pedí más cerveza.
Descendí por la vieja Oriental, se había quedado dormida, con la cabeza ladeada en el asiento. Entré muy rápido a la siguiente curva para ver si se despertaba, se acomodó. La vía estaba vacía, resplandeciente por la llovizna. Al pasar por la gasolinera Mobil, metí mi mano debajo de su falda. Su respiración se aceleró, no abrió los ojos, pero si sus muslos; reclinó el asiento, hundí mis dedos en su pubis, Lorena se bamboleaba. Me pasé el semáforo. En la subida a Luluncoto tomó mi mano hacia adentro. Pareció aquietarse, se sacó mi mano; abrió la ventana, tomó mis cigarrillos del estuche bajo la palanca de cambios, prendió uno. Paré en el semáforo en rojo de la Alonso de Ángulo. Me lamí los dedos:
—Todavía no llegamos a Turubamba.
***
Rozo su costillar con mis dedos amarillentos de nicotina, oscila bajo el temblor de mis manos. Es tan frágil, podría matarla mientras duerme, lo que le hago cuando está despierta no es ni la mitad de lo que desearía que sufra. Ronca y babea en mi almohada, se sacude, hay alguien más en mi cama, el insomnio me pone de pie. Me vuelvo a meter en la cama, Lorena se hace la dormida mientras la acaricio. Su respiración se acelera. Me muerde el cuello para que me vuelva más brusca.
Lorena se levanta tarde, revisé su bolso; tiene otro nombre en su cédula, solo no mintió en su edad y en el cantón en que nació. Sacude las piernas, rápidamente desbloqueo su celular; encuentro fotos de un niño idéntico a ella, con un pañuelo verde en el cuello, en una marcha en la Plaza de San Francisco, la estúpida de Liliana (¡ya págame cojuda!), lo lleva de la mano, Lorena sonríe con la pancarta. Lo que menos soporto de Lorena es su fantasear en una vida que nunca tendrá. La veo de reojo mientras camina descalza, saca una de mis blusas de la ropa sucia, se abotona, mientras preparo la comida. De la tabla de picar se eleva un olor a cloro, no viene del lavabo, ni del baño, es del pollo que metí al horno. Su acento y su descaro me excitan, pero al día siguiente solo quiero que se calle y se vaya. Laura insiste en contarme cosas, ya no la escucho, fumo impaciente, le pido que se vaya.
—Cerda estúpida —se fue dando un portazo.
Me fijo en la alacena, faltan algunas latas de atún, la botella de vodka, el frasco con flor que apenas coseché. Cuando no tenga plata volverá.
***
Fumo desnuda frente al espejo: ¿Y ahora qué Diana? ¿Y ahora qué? Mi estómago cada vez más débil, mis costillas delatan el tabaco en mis pulmones, mis dedos manchados de hachís, nicotina, un cabello de Lorena. Vago por el departamento como un fantasma, las cortinas cerradas, la música a todo volumen, medio vestida, con un cigarrillo en la mano, una botella en la otra. Otro bache sin cobrar, no les contesto a mis acreedores, los que me deben se desaparecieron. La desesperación me corta el sueño. Lo más parecido a un lujo que me permito es un helado, sola, en el patio de comidas, en el Quicentro de Quitumbe, cuando acaban de abrir, a mitad de semana, sin gente. Mis botas están a punto de hablar como un gremlin. Casi nunca uso tacones, pero luego del primer tropiezo ya estoy derecha. Mis abrigos tienen las mangas mordisqueadas, huelen a tabaco. Suena mi celular, es Lorena, no contesto. “Soñé que te enfermabas y que no había cómo curarte”, me escribe. La elimino de mis contactos y la bloqueo.
***
—Chapotear en un pantano de miembros desmembrados con un tirón en el estómago, así es volver a Grnder, me dijo Adriel—. Solo negros, feos, indios, afeminados, venezolanos, colombianos, cubanos, nada que me caliente. Me apareció el perfil de un viejo profesor de colegio, me acordé de sus clases de teatro y empecé a pajearme; cuando acabé, mi cuerpo estaba muy lejos, no reconocí mis gemidos, parecían los de un cuy retorciéndose bajo el cuchillo.
—¿Soga o pastillas?, voy por La Marín, donde ocurre la metafísica, el embrague del jeep corcovea.
Adriel vuelve a lamentarse por no haber estudiado arquitectura: tendría una situación económica más estable, un novio, una casa, así podría adoptar a una niña. Hace tres años que Manuel terminó con él, fue su relación más larga y significativa. Manuel encontró en sus estados de cuenta las facturas del hostal, las dickpics que le mandaban sus alumnos, no hubo un segundo perdón. Desde entonces, Adriel encuentra al nuevo Pollock de la sub 30, al Banksy que llegó de provincia, y se lo trae a vivir con él. Tres semanas después, su sobrino del año pasado lo bloquea de todas las redes, se lleva su laptop, o su impresora 3D, para encontrarlo en una fiesta, besándose con un chico más joven y con más dinero. Adriel no fue a la cena de profesores de fin de semestre del instituto, se citó con un scort en un hostal del barrio América; lo escopolaminó, vació sus tarjetas, se llevó su ropa. Me llamó para que lo vaya a recoger. Dentro del carro, el suéter y el pantalón que le traje lo hacían ver más pequeño y frágil mientras lloraba.
***
Desbloqueo a Lorena. Me empieza a llamar, dejo que sus mensajes se acumulen, apenas veo el último, borro los demás. Voy a recogerla de la Tribuna de los Shyris, desde lejos veo que está acompañada por el niño de las fotografías que vi en su celular, ahora casi de su tamaño. Me cambié de carril, mientras me hacía señas pasé de largo frente a ella.
