Un vagón a todas partes

Cuan­do iban a bajar en la estación Gen­er­al Anaya, Max­i­m­il­iano sal­ió cor­rien­do con el libro. Ramiro trató de seguir­lo, pero lo perdió de vista en el puente peaton­al. Max­i­m­il­iano iba arri­ba de la escalera eléc­tri­ca, asus­ta­do, dejan­do pasar a la gente. Al salir, Max­i­m­il­iano lo esper­a­ba en la calza­da, quiso tomar­le de la mano, pero Ramiro se hincó para arre­man­gar­le la ropa, no sabía cómo aco­modarse ese ter­no que le gusta­ba tan­to, pero que otra vez era muy grande para un niño. 

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Por una pipa perdida

Al cruzar por el patio no entien­des tan­ta prisa, los corre­dores llenos. “No, no serás pin­to­ra”, te dices mien­tras pasas a su lado, “sino cajera del Ban­co Glob­al. No, no eres biól­o­go, eres cajero del Ban­co Glob­al. No, no serás peri­odista, sino cajero del Ban­co Glob­al. No, no eres académi­co, eres cajero del Ban­co Global”.

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