PostApocalipsis Nau

El triángulo de Heródoto

Ani­mación por Fran­cis­co Galárraga

Enam­ora­da de tus sín­tomas ase­dias al dis­pos­i­ti­vo. En la madru­ga­da escar­bas en tu cul­pa o en el hastío a la cansa­da, como quien sacude una alcancía para ver que cae. En la cabeza haces mal­abares con las pal­abras. La ansiedad res­bala entre los min­u­tos como una bola que se hace cada vez más y más grande, después se empe­queñece has­ta casi la desapari­ción. En el cen­tro del yo-yo, pati­nas en bur­bu­jas para encon­trar un intersticio.

Nos sep­a­ramos al día sigu­iente de la lle­ga­da. Te quedaste en la casa mar­ca­da por las coor­de­nadas de via­je; el lugar donde el pul­sar emite la señal del obje­ti­vo de des­ti­no esta aban­don­a­do. ¿Cómo saber qué pasa? Hace tres días que perdi­mos comu­ni­cación. Lo primero fueron las fechas en rever­sa en todos los dis­pos­i­tivos: el pasa­do desplegán­dose en el futuro. El amanecer es un crepús­cu­lo. Desa­van­zan los días. Bajo la ven­tana se oye un ligero efec­to hacia atrás, sue­na a lo lejos por las calles un retar­do dis­tor­sion­a­do al final de las vocales en la boci­na del camión del gas. 

Cam­i­naste las aceras vacías con el tiem­po hacia atrás, al prin­ci­pio, salías solo por comi­da. Esperas mi señal como acor­damos, pero no lle­ga. Revisas­te los grá­fi­cos de planimetría espa­cial del salón sub­ter­rá­neo de la casa. Las lec­turas son regresivas.

En la pan­talla del pan­el del salón sub­ter­rá­neo gira una sim­u­lación grá­fi­ca de los satélites galileanos de Jupiter, rota en direc­ción con­traria a las manecil­las del reloj; la ani­mación está acti­va­da des­de antes de nues­tra lle­ga­da. Es claro que no hubo tiem­po durante la huí­da. Sobre el mesón de reuniones esta el tablero de Oui­ja. “¿Cuál es el género del tiem­po?: ¿La biología expandi­da o la his­to­ria de la eman­ci­pación de los pueb­los?”, leíste en una pan­talla de cuar­zo verde al bajar tu mira­da sobre el cen­tro del tablero.

Durante los tres primeros días bus­caste sin éxi­to la clave de grav­itación armóni­ca para acti­var el tablero de Oui­ja, lo ano­taste en tu bitá­co­ra de mis­ión. No te acos­tum­bras a escribir de izquier­da a derecha: 

“Este efec­to de sali­vación can­i­na de Pavlov es gen­er­a­do por la regre­sión tem­po­ral. Un sín­drome de exitismo al revés, un aire insu­fla­do por la regre­sión líqui­da”, pen­saste trag­icómi­ca mien­tras junt­abas pis­tas por cada reco­do de la casa. 

Los días sigu­ientes, durante las sal­i­das de reconocimien­to, te camu­flaste con tu tra­je cobri­zo entre la gente que deam­bu­la por el cas­co colonial.

— Somos la van­guardia jip­i­hap­py, proclam­a­ban los artis­tas y escritores de cróni­ca peri­odís­ti­ca en sus per­files fan­tas­ma que inter­cep­taste con el dis­pos­i­ti­vo ran­dom. Hacían por­ras a los cadáveres que pau­lati­na­mente resurgían de sus sepul­cros en los mau­soleos encopeta­dos para retomar las gob­er­na­ciones, las alcaldías, los cor­regimien­tos y las vee­durías coloniales.

Mien­tras los helicópteros sobre­vue­lan el pueblo, las momias brin­dan en los pala­cios por su reen­cuen­tro cas­trense en reversa.

“No todos los muer­tos son cadáveres”, pien­sas de regre­so mien­tras cruzas el bar­rio chino. 

— Hay infor­ma­ción dis­conexa sobre el Bureau dimen­sion­al; infor­ma­ción fil­tra­da bajo el for­ma­to de edi­to­r­i­al en un por­tal de comu­ni­cación local de la época. El Tablero estu­vo acti­va­do has­ta su detec­ción por la fuerza colo­nial, después se perdió toda conex­ión —, nos advir­tió Papá Soroche en el cam­pa­men­to antes de salir.

“Es una sub­je­tivi­dad deseante de copro­li­to colo­nial la que se solaza en los salones de los man­dos medios en los min­is­te­rios. Esquizos bien peina­dos lle­gan en las mañanas de la mano del rig­or mor­tis de sus madres a fir­mar acciones de per­son­al en sub­sec­re­tarias y vicer­rec­tora­dos”, ano­taste en tu bitá­co­ra mien­tras almorz­abas en la cocina.

Exhaus­ta por repro­gra­mar al gen­er­ador de fre­cuen­cias durante toda la tarde para restable­cer comu­ni­cación, te sen­taste a tomar un café para ver amanecer la noche. El prob­le­ma esta­ba en mi dispositivo. 

La noche del cuar­to día recor­riste en un sueño luci­do la casa entera; ya habías sospecha­do que la clave de acti­vación podría estar cod­i­fi­ca­da en otra fre­cuen­cia de onda.

— ¡Se tra­ta del mapa de las for­mas sim­bóli­cas en ondas Delta! Entonces, ¿cuál es el val­or del sig­no?: ¿sus­tan­cia o fun­ción? —, pens­abas en voz alta durante la búsqueda.

— El trián­gu­lo de Heró­do­to. Fue tu primer men­saje cuan­do restablec­i­mos la comu­ni­cación a la mañana sigu­iente. No entendí nada.

Bajaste al salón sub­ter­rá­neo, advertiste que el tiem­po había reco­bra­do su direc­ción de flu­jo. Todo se veía difer­ente, había cabezas de tzan­zas de col­ores lilas y en tonos de gris­es y café, sus ojos emitían ases de luz hacia el tablero, mapas, dia­gra­mas y libros antigu­os col­ga­ban en las pare­des húmedas por todas partes. En la entra­da al salón, en un viejo espe­jo de cristal de roca, encon­traste un fósil de algún insec­to prim­i­ti­vo, como una piedra o mas bien como una papa.  El cam­i­nar por la casa era muy difer­ente. Esta­ba pobla­da de plan­tas azu­ladas y verdes; fos­fores­cente, como si fuese mari­na, la veg­etación abraz­a­ba las ven­tanas, las puer­tas, los mue­bles y las pare­des con per­fec­ta armonía. En la pan­talla que encon­tramos encen­di­da, ya no se repetía la proyec­ción de las lunas de Jupiter, en su lugar flota­ba una for­ma tri­an­gu­lar que por momen­tos parecía de tier­ra o arcil­la, después cobra­ba un aspec­to min­er­al de obsid­i­ana. Fue ahí que se desplegó la data, o más bien que comen­zó la conversación: 

“… ¿Oyes el dia­pasón del corazón?
Oye en su nota múlti­ple el estrépi­to
de los que fueron y de los que son.
Mis her­manos de todas las cen­turias
recono­cen en mí su pausa igual,
sus mis­mas que­jas y sus propias furias.
Soy la fron­da par­lante en que se mece
el pecho ger­mi­nal del bar­do drui­da
con la sel­va por diosa y por queri­da…” *

son­a­ba un mur­mul­lo cir­cu­lar de fon­do muy bien definido.

Sumer­giste en una vasi­ja antigua llena de agua al insec­to fos­iliza­do que guard­abas en el bol­sil­lo de tu abri­go verde. Poco a poco se hinchó como una semi­l­la y brotó la primera raíz par­lante. Des­de un enorme afro púbi­co expo­nen­cial, pro­lif­er­a­ban miles de raíces, sus movimien­tos eran cir­cu­lares, has­ta que estu­vieron erguidas frente a ti.

—¿Tu nom­bre es Fla­ge­lo de Miel? — , fue lo primero que te dijeron en ondas Delta. Asentiste.

— Logografía jóni­ca ver­sus sofis­tas ¡Acti­va el trián­gu­lo de Heró­do­to! — . Te dijeron a renglón segui­do. No podías definir el lugar de sus bocas. 

— ¡No entien­do nada! — , les dijiste en ondas Delta. Te sen­tiste mira­da por den­tro, no esta­ba claro si abriste o no la boca para hablar.

— Reduc­to últi­mo de la resisten­cia de los vivos; la veloci­dad de los sueños entraña la ver­dadera direc­cional­i­dad del tiem­po — . Pen­saste antes de que vuel­van a decirte algo.

— Las metá­foras míti­cas graf­i­can sobre los papiros el acu­mu­la­do. Heró­do­to eligió la prosa para nar­rar la ges­ta humana; para escribir la primera his­to­ria, invocó a los orácu­los, a los poet­as como Home­ro, Anacre­onte, Esopo y Pín­daro; escuchó la voz de los pre­socráti­cos y las cos­tum­bres de los bár­baros y los grie­gos por igual. Después, con Tucí­dides, el sofis­ma inau­guró la razón causal que aho­ra tec­no­go­b­ier­na la vig­ilia en rever­sa — . Te dijeron en un micro segun­do con sus voces, que eran un mosaico de vocecitas emanadas des­de cada raíz,  son­a­ban en uní­sono aden­tro y afuera. El sonido tenía tem­per­atu­ra, lo podías cap­tar por cada poro de tu piel, te atrav­esó como la atmós­fera impreg­nán­dose instan­tánea­mente en tu com­pren­sión. Esta­ba en ti, cir­cu­la­ba en tu san­gre una expe­ri­en­cia vivi­da en muchos ciclos.

— La tér­mi­ca es el con­duc­tor, la infor­ma­ción está cod­i­fi­ca­da de algu­na man­era en for­mas sono­ras — , reflex­ionaste por un instante ape­nas pud­iste retomar el pensamiento. 

Tus dedos hacien­do un con­traluz metáli­co alcan­zaron los tres ángu­los del triángulo. 

— Mitología e his­to­ria con­ver­gen en el ángu­lo de arri­ba, en la comu­nidad humana. En el cen­tro, la lupa mar­ca la direc­ción del tiem­po. La raíz se con­den­só en el trián­gu­lo a través de la son­i­ca tér­mi­ca. Vi acti­varse el tablero de Oui­ja por primera vez ape­nas el trián­gu­lo se posó hor­i­zon­tal sobre él — . Me dijiste mirán­dome a los ojos en la mañana. 

Ten­emos los dis­pos­i­tivos inter­cep­ta­dos, los pro­gra­mamos en modo ran­dom para despis­tar a la fuerza colo­nial mien­tras recod­i­fi­camos la mis­ión en fase Delta hacía todos los tiem­pos presentes. 

*Ramón López Velarde, El son del corazón.