
El sol ya no es igual, ni las tormentas, pienso mientras nos deslizamos madrugada abajo. Son las tres en el dispositivo. Respiro lento, lamiendo el filo de cada interjección, caemos cien metros y paramos. Pestañea, respira y sigue. ¿Viste el dron con pelaje de águila? un mensaje titila en el dispositivo, tu mano me señala, miro arriba, una luz roja y blanca barre, olfatea toda la zona. Como reptiles seguimos en cámara rápida, nos mimetizamos, atravesamos la luz azul-tomate del asfalto.
Peinamos el parque hasta llegar. Tras la estatua, la señal. La piedra obscura, marcada: mensaje encriptado, Código leído, en papel envuelto en celulosa, todo en papel. Silencio, a esta hora por las calles patrullan los noticieros digitales. Marcamos coordenadas, avanzamos contorneando todas las formas oblicuas de las edificaciones como un líquido apurado que se yergue abrazando lo rígido. Por las cuestas nos adherimos sin peso en absorción ascendente.
El primer mensaje en el dispositivo hace doce horas: antes y ahora el fuego esta encendido sobre esta tierra que no es tierra-madre sin agua, solo desierto; no hay tierra fecunda sin agua, así como no hay pueblo sin mito. Dos minutos antes, sobre el velador la alarma ya sonaba. Nos preparamos con prolijidad, hicimos invocaciones y cánticos para honrar la misión acordada en trance con nuestros muertos. Hoy Matriota respira el Néctar Volcánico transversal, fue lo primero que pensé. Casi no hay tiempo a donde vamos, pero aún hay mucho que salvar de las fuerzas disolutorias.
Transcurren los minutos desplegando el mapa sobre la geografía espacio-temporal, en las luces distorsionadas, la estela baila la velocidad. Inexorable como el amanecer se aproxima el punto cero.
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Subjetividad regulativa en marcha.
Todo decorado en blanco, el depar es acogedor. Entra la luz de las siete sobre el cuero, aun más blanco, de los muebles de la sala frontal al balcón. En el dormitorio suena la alarma a las siete menos cuarto. Un whisky en el velador, el cable prendido con las persianas de fondo.
Debiste salir de las cobijas más rápido de lo habitual. Si el celular fuera contra agua, hubieras llamado desde la ducha, pero casi. Doce mensajes de tu asistente, setenta y dos mensajes acumulados de WhatsApp. Entre el baño y la cocina, la primera llamada al edecán para confirmar la hora del operativo, la segunda llamada para disponer la reunión de las ocho en el despacho. Dudaste hasta el final el convocar a los medios hoy, pero finalmente es parte del protocolo para renunciar al Ministerio y aceptar ese cargazo que siempre quisiste en la Empresa Mundial. Es ahora o nunca. Te has portado bien.
Minutos más tarde, tu dedo apurado afloja la corbata pulcra, mientras constatas que no hay electricidad. Regresas al celular, pero no tiene caso. País de mierda, piensas, siempre es lo mismo. Tanta bulla, tanta protesta no dejan trabajar, pero ya faltan pocas empresas públicas por monetizar y me largo. Entre dientes susurras: igual esa gente esta jodida de todos modos, mejor que vivan desregularizados.
Llamas al citófono descolgado del guardia de la puerta de entrada al condominio. De todas formas la escolta viene en camino, piensas; lograste llamar antes del apagón.
Suena el teléfono regular, contestas: señor Ministro, la voz del edecán. Las vías están bloqueadas, es doce de octubre, un puñado de fanáticos celebran la autoridad del Rey de España sobre la Real Audiencia, mientras los suministros de comida están bloqueados desde el agro a la ciudad. La urbe se encuentra cercada y sin provisiones, estamos circunvalando el perímetro con un retraso de 20 minutos. Asientes, le pides que se apure y cuelgas. Justo hoy te tienes que reunir con el Banco Global para firmar la deuda que el consorcio te dispuso, no se puede posponer, ni por los disturbios diarios de esos indios y desempleados que deberían estar mejor controlados. Por fin se cierra esa pendejada hoy a las diez con la Comisión Internacional de Apropiación de Ríos, las Cámaras de la Producción y toda la prensa en pleno.
Dos minutos más tarde, no regresa la energía eléctrica ni el wifi, el plan del celular tampoco parece funcionar.
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Punto cero.
Nos acercamos de un soplo. Los conectores están situados a cien metros del blanco. Activamos el dispositivo, la biolectura coincide con los datos del mensaje de instrucciones. Suena el transmisor: ¡Confirmado!
En la sala, el contra luz sirve de lienzo de fondo mientras vociferas. Frente a tus ojos, en un fantasmático desfase temporal, dos cuerpos se materializan como salidos de un sueño, quieres articular una palabra pero estás anestesiado, no puedes mover los músculos de la cara ni del resto de tu cuerpo. Distorsionados se aproximan, en cámara lenta te observan de cerca, mueven tu cabeza, te cogen de la cara, te auscultan como a un objeto inerte que flota en una atmósfera paralela, distinta, incontrolable por ti. No puedes reaccionar. Algo te dice que se jodió todo, mientras, te desvaneces.
Siete con ocho, regresamos. Cada residuo cristalizado contiene toda la información de la operación que frustramos con éxito. Afuera, en una mañana llena de luz, Matriota respira el Néctar Volcánico. A lo lejos, desde las montañas se ve venir más tarde una tormenta. Pienso: el sol ya no es igual, no calienta y las tormentas tampoco, ya no tienen agua, solo rayos.

