PostApocalipsis Nau

Fantasmático desfase temporal

Ilus­tración por Fran­cis­co Galárraga

El sol ya no es igual, ni las tor­men­tas, pien­so mien­tras nos deslizamos madru­ga­da aba­jo. Son las tres en el dis­pos­i­ti­vo. Respiro lento, lamien­do el filo de cada inter­jec­ción, cae­mos cien met­ros y paramos. Pes­tañea, res­pi­ra y sigue. ¿Viste el dron con pela­je de águila? un men­saje titi­la en el dis­pos­i­ti­vo, tu mano me señala, miro arri­ba, una luz roja y blan­ca barre, olfatea toda la zona. Como rep­tiles seguimos en cámara ráp­i­da,  nos mime­ti­zamos, atrav­es­amos la luz azul-tomate del asfalto. 

Peinamos el par­que has­ta lle­gar. Tras la estat­ua, la señal. La piedra obscu­ra, mar­ca­da: men­saje encrip­ta­do, Códi­go leí­do, en papel envuel­to en celu­losa, todo en papel. Silen­cio, a esta hora por las calles patrul­lan los noticieros dig­i­tales. Mar­camos coor­de­nadas, avan­zamos con­torne­an­do todas las for­mas oblicuas de las edi­fi­ca­ciones como un líqui­do apu­ra­do que se yer­gue abrazan­do lo rígi­do. Por las cues­tas nos adhe­r­i­mos sin peso en absor­ción ascendente.

El primer men­saje en el dis­pos­i­ti­vo hace doce horas:  antes y aho­ra el fuego esta encen­di­do sobre esta tier­ra que no es tier­ra-madre sin agua, solo desier­to; no hay tier­ra fecun­da sin agua, así como no hay pueblo sin mito. Dos min­u­tos antes, sobre el velador la alar­ma ya son­a­ba. Nos preparamos con pro­li­ji­dad, hici­mos invo­ca­ciones y cán­ti­cos para hon­rar la mis­ión acor­da­da en trance con nue­stros muer­tos. Hoy Matri­o­ta res­pi­ra el Néc­tar Vol­cáni­co trans­ver­sal, fue lo primero que pen­sé. Casi no hay tiem­po a donde vamos, pero aún hay mucho que sal­var de las fuerzas disolutorias. 

Tran­scur­ren los min­u­tos desple­gan­do el mapa sobre la geografía espa­cio-tem­po­ral, en las luces dis­tor­sion­adas, la estela baila la veloci­dad. Inex­orable como el amanecer se aprox­i­ma el pun­to cero. 

***

Sub­je­tivi­dad reg­u­la­ti­va en marcha.

Todo dec­o­ra­do en blan­co, el depar es acoge­dor. Entra la luz de las siete sobre el cuero, aun más blan­co, de los mue­bles de la sala frontal al bal­cón. En el dor­mi­to­rio sue­na la alar­ma a las siete menos cuar­to. Un whisky en el velador, el cable pren­di­do con las per­sianas de fondo.

Debiste salir de las cobi­jas más rápi­do de lo habit­u­al. Si el celu­lar fuera con­tra agua, hubieras lla­ma­do des­de la ducha, pero casi. Doce men­sajes de tu asis­tente, seten­ta y dos men­sajes acu­mu­la­dos de What­sApp. Entre el baño y la coci­na, la primera lla­ma­da al edecán para con­fir­mar la hora del oper­a­ti­vo, la segun­da lla­ma­da para dispon­er la reunión de las ocho en el despa­cho. Dudaste has­ta el final el con­vo­car a los medios hoy, pero final­mente es parte del pro­to­co­lo para renun­ciar al Min­is­te­rio y acep­tar ese carga­zo que siem­pre qui­siste en la Empre­sa Mundi­al. Es aho­ra o nun­ca. Te has por­ta­do bien. 

Min­u­tos más tarde, tu dedo apu­ra­do aflo­ja la cor­ba­ta pul­cra, mien­tras con­statas que no hay elec­t­ri­ci­dad. Regre­sas al celu­lar, pero no tiene caso. País de mier­da, pien­sas, siem­pre es lo mis­mo. Tan­ta bul­la, tan­ta protes­ta no dejan tra­ba­jar, pero ya fal­tan pocas empre­sas públi­cas por mon­e­ti­zar y me largo. Entre dientes susurras: igual esa gente esta jodi­da de todos mod­os, mejor que vivan desregularizados. 

Lla­mas al citó­fono descol­ga­do del guardia de la puer­ta de entra­da al con­do­minio. De todas for­mas la escol­ta viene en camino, pien­sas; lograste lla­mar antes del apagón. 

Sue­na el telé­fono reg­u­lar, con­tes­tas: señor Min­istro, la voz del edecán. Las vías están blo­queadas, es doce de octubre, un puña­do de fanáti­cos cel­e­bran la autori­dad del Rey de España sobre la Real Audi­en­cia, mien­tras los sum­in­istros de comi­da están blo­quea­d­os des­de el agro a la ciu­dad. La urbe se encuen­tra cer­ca­da y sin pro­vi­siones, esta­mos cir­cun­va­lan­do el perímetro con un retra­so de 20 min­u­tos. Asientes, le pides que se apure y cuel­gas. Jus­to hoy te tienes que reunir con el Ban­co Glob­al para fir­mar la deu­da que el con­sor­cio te dis­pu­so, no se puede pospon­er, ni por los dis­tur­bios diar­ios de esos indios y desem­plea­d­os que deberían estar mejor con­tro­la­dos. Por fin se cier­ra esa pen­de­ja­da hoy a las diez con la Comisión Inter­na­cional de Apropiación de Ríos, las Cámaras de la Pro­duc­ción y toda la pren­sa en pleno.

Dos min­u­tos más tarde, no regre­sa la energía eléc­tri­ca ni el wifi, el plan del celu­lar tam­poco parece funcionar.

***

Pun­to cero. 

Nos acer­camos de un sop­lo. Los conec­tores están situ­a­dos a cien met­ros del blan­co. Acti­va­mos el dis­pos­i­ti­vo, la biolec­tura coin­cide con los datos del men­saje de instruc­ciones. Sue­na el trans­misor: ¡Con­fir­ma­do!

En la sala, el con­tra luz sirve de lien­zo de fon­do mien­tras vocif­eras. Frente a tus ojos, en un fan­tas­máti­co des­fase tem­po­ral, dos cuer­pos se mate­ri­al­izan como sali­dos de un sueño, quieres artic­u­lar una pal­abra pero estás aneste­si­a­do, no puedes mover los mús­cu­los de la cara ni del resto de tu cuer­po. Dis­tor­sion­a­dos se aprox­i­man, en cámara lenta te obser­van de cer­ca, mueven tu cabeza, te cogen de la cara, te aus­cul­tan como a un obje­to inerte que flota en una atmós­fera para­lela, dis­tin­ta, incon­tro­lable por ti. No puedes reac­cionar. Algo te dice que se jodió todo, mien­tras, te desvaneces.

Siete con ocho, regre­samos. Cada resid­uo cristal­iza­do con­tiene toda la infor­ma­ción de la operación que frus­tramos con éxi­to. Afuera, en una mañana llena de luz, Matri­o­ta res­pi­ra el Néc­tar Vol­cáni­co. A lo lejos, des­de las mon­tañas se ve venir más tarde una tor­men­ta. Pien­so: el sol ya no es  igual, no calien­ta y las tor­men­tas tam­poco, ya no tienen agua, solo rayos.

Ilus­tración por Fran­cis­co Galárraga