
“Común es para mí de donde comenzaré; pues allí nuevamente llegaré otra vez”.
Parménides de Elea
Matriota distorsiona el brindis en el sarcófago.
— Una vez asesinado el General Eloy Alfaro, el poder bancario tuvo el control durante más de diez años. Ya estaban así en el siglo antepasado, como ahora, dijo Flagelo de Miel, mientras nos refugiábamos de las bombas en el Mercado central.
Nos materializamos con éxito en las coordenadas programadas, es junio del 2022 en la República del Agua Tibia. Por las calles furtivas sorteamos a carreras el humo entre disparos, gritos y consignas.
Atrás de unos puestos de frutas logramos refugio, fumábamos para no asfixiarnos con el gas lacrimógeno, los helicópteros peinaban el distrito sur. Antes de perder la señal, Flagelo de Miel comenzó a transferir la data al campamento:
— En las calles los líderes populares son apresados, pero no los sicarios, se criminaliza la protesta social y se permite el crimen organizado; la burocracia cultural lacta su migaja cool mientras no hay medicinas en los hospitales. A ras del piso, los derechos son reemplazados por la promesa de la caridad y la beneficencia; cada vez mas y mas arriba, flotan en helio los precios y las tasas de interés. En desmedro va el trabajo, el empleo, o como se llame; es más fácil obtener un crédito para comprar un automóvil (así le dicen) que estudiar una carrera universitaria.
En la República del Agua Tibia todxs son Cuentabanquinxs, clientes de la pobreza, consumidores de la democracia privada. Las Cocteleras S.A. se arrastran en las recepciones de la Embajada, se persignan con la invitación, acuden al Corregidor.
Después de la transmisión, Flagelo de Miel desconectó el dispositivo, sacó la cantimplora del bolsillo de su pierna, llevó un trago a su boca antes de convidarme un poco de agua, y nos dijo:
— La crisis de gobernabilidad de la década de los treinta y el proceso reformista de la Revolución Juliana se repiten en desorden, es un loop colonial. La misma plutocracia subdesarrollada, la misma élite local apátrida con su clase media en criogenia mental.

Cayó la noche, entre las sombras logramos llegar al refugio subterráneo para preparar la caminata de la madrugada. Papá Soroche sacó un recipiente:
— Fue en el Napo Runa cuando el Cacique Jumandi, antes de la sublevación de los Quijos, me entregó el Néctar Volcánico, nos dijo.
Se veía una sustancia indefinida, entre gaseosa y acuosa, rojiza y fluorescente.
— Hay que encenderlo antes del amanecer — continuó Papa Soroche —, la Nación pulsa la identidad como una marea, la identidad que respira, que come, que canta, que ama, que camina, que cocina, la que sedimenta la piel de las generaciones, el latido endémico en el tiempo, a través del tiempo.
Durante la noche el Corregidor levantó la inviolabilidad de domicilio y autorizó la fuerza letal.
—Tantas rebeliones — dijo Papa Soroche —, la de los indios de Lita y Quilca. La sublevación de los Jíbaros y la destrucción de Logroño en 1599. Los levantamientos de los malabas en la provincia de Las Esmeraldas casi un siglo más tarde. La Insurrección de los indios Maynas en 1635. La defensa de la propiedad comunal indígena en Pomallacta en 1730. La rebelión contra la cobranza de tributos en San Miguel de Molleambato en 1766. El Alzamiento de los conciertos en el obraje de San Idelfonso cuatro años después. La sublevación indígena en San Felipe en 1771. La Insurrección de los indios del corregimiento de Otavalo en 1777. La Rebelión popular de Guano el año siguiente. La sublevación en la tenencia general de Ambato en 1780. La rebelión contra los diezmos en Columbe y Guamote tres años mas tarde. La sublevación contra las mitas en Riobamba en 1864, y muchas y muchas más.
Entrada la madrugada, en la hora señalada, desconectamos todos los dispositivos y tomamos el camino hacía los canales de Licán, una ruta que solo Papa Soroche conoce. Al filo del acantilado, tres rostros lamidos por el frío arremolinado del páramo, surcaban un enorme algodón de agua.
— ¿Un trago? — me preguntó Papa Soroche, — es del trapiche del Leónidas, al que el Corregidor actual lo tiene secuestrado —, dijo mientras servía el Pájaro Azul.
— Lo tendrán que liberar —, continuó, — a pesar de que El Banco esta armado, estos ya no son tiempos de huir o morir, primero fue el Virreinato, después la cuasi-república, ambos son la misma vieja tara.
— A Julián Quito no lo lograron atrapar — pensaba en voz alta Flagelo de Miel mientras caminábamos —, les temblaban tanto las canillas que ofrecieron jugosas recompensas. Muchos piquetes de soldados lo buscaron por todo el territorio de la Real Audiencia, pero perdieron su rastro, se cambiaba de nombres constantemente. El presidente Carondelet, el Corregidor de ese entonces, atemorizado, negoció la captura del indio insurrecto con los caciques del centro de Riobamba, especialmente con Don Leandro Sefla de Licán. Estaban aterrados de no poder hacer escarmiento y que regrese la insurrección. El oportunista de Sefla negoció, obtuvo como beneficio que los indios de Licán se especialicen solo en la construcción y mantenimiento de canales, en la administración del agua y que no sean llamados para otras labores serviles.
Las cabezas decapitadas de todos los cabecillas indígenas fueron exhibidas por mucho tiempo en la plaza pública, después de ser ajusticiados sin juzgamiento por el Corregidor de Riobamba.
La tintura de chilca de nuestros trajes impedía la refracción de los radares, lentamente asegurábamos el paso por el lodazal, a lo lejos, sonaban los bombardeos en las ciudades. En las calles, entre las llantas quemadas, hay pedazos de piel humeante, vómito, perdigones, muertos, incendios, heridos. El Corregidor, escondido en su castillo recibía los informes de los bombardeos selectivos de drones operados por los franco tiradores en los edificios.
Cruzamos un largo camino de arbustos hasta llegar al descampado de la meseta en donde se veía un enorme ojo de agua apenas visible por la luz azulada de la bruma.
— El loop también se repitió con Fernando Daquilema — como pocas veces, Flagelo de Miel habló todo el camino —, el indio que se reveló ante García Moreno. Aquí donde estamos, cerca de la laguna de Kápak-Kucha, estuvo convocado, en su momento, todo el pueblo indígena para una Asamblea General. Daquilema fue elegido como jefe de la insurrección, las condiciones de explotación con el pago del diezmo eran insoportables. El diezmo era como el FMI de la época, una manera de tenerte endeudado. Con palos y piedras, diez mil runas atacaron Cajabamba, tras recibir muchos reveses, cientos cayeron muertos y prisioneros, sin embargo lograron reorganizar el ataque a Punín bajo el mando de Manuela León. Una vez que se tomaron el pueblo, liberaron a los prisioneros y lograron retirarse ante la envestida de los refuerzos militares del Corregidor.
Garcia Moreno decretó el estado de sitio, los pueblos de Cicalpa, Licto y Colta se sumaron al levantamiento. Sin miedo, como ahora, hicieron retroceder a las tropas. García Moreno criminalizó a los lideres que se levantaron contra la injusticia, exactamente igual que hoy, pero sin redes sociales. Flagelo de Miel señaló hacia una colina en dirección al sur:

— Cuando se vió perdido, Daquilema pudo huir pero no lo hizo, se paseó arrogante por esa cumbre mientras les gritaba varias veces a los soldados desde arriba: “¡Vengan aquí estoy!”. Para entonces había dispersado a su gente. Cuando los soldados le preguntaron quién era, respondió: “¡Fernando Daquilema!”, enseguida lo apresaron.
El 23 de marzo de 1872, la muchedumbre observaba desde la colina, hacia abajo, en la plaza de Yaruquíes, con el redoblar de los tambores de fondo, se reunió el Consejo de Guerra para juzgar a Fernando Daquilema por motín. Lo condenaron a muerte en el acto. Justo antes de los balazos, Daquilema, vestido de blanco, pronunció en Kichwa un discurso para su pueblo, del que el Corregidor no pudo entender una sola palabra. Todos respondieron tocando los churus: “Ñucanchi Jatun Apu”.
Antes de la primera luz, activamos el Néctar Volcánico en Cacha, donde comenzó la insurrección, donde proclamaron como Rey a Daquilema, en la piedra donde están esculpidas sus últimas palabras.
