PostApocalipsis Nau

Loop Colonial

Ilus­tra­ciones por Fran­cis­co Galárraga.

“Común es para mí de donde comen­zaré; pues allí nue­va­mente lle­garé otra vez”. 

Par­ménides de Elea

Matri­o­ta dis­tor­siona el brindis en el sarcófago. 

— Una vez asesina­do el Gen­er­al Eloy Alfaro, el poder ban­car­io tuvo el con­trol durante más de diez años. Ya esta­ban así en el siglo antepasa­do, como aho­ra, dijo Fla­ge­lo de Miel, mien­tras nos refugiábamos de las bom­bas en el Mer­ca­do central.

Nos mate­ri­al­izamos con éxi­to en las coor­de­nadas pro­gra­madas, es junio del 2022 en la Repúbli­ca del Agua Tib­ia. Por las calles furtivas sorteamos a car­reras el humo entre dis­paros, gri­tos y consignas.

Atrás de unos puestos de fru­tas logramos refu­gio, fumábamos para no asfix­i­arnos con el gas lacrimógeno, los helicópteros pein­a­ban el dis­tri­to sur. Antes de perder la señal, Fla­ge­lo de Miel comen­zó a trans­ferir la data al campamento:

— En las calles los líderes pop­u­lares son apre­sa­dos, pero no los sicar­ios, se crim­i­nal­iza la protes­ta social y se per­mite el crimen orga­ni­za­do; la buro­c­ra­cia cul­tur­al lac­ta su miga­ja cool mien­tras no hay med­i­c­i­nas en los hos­pi­tales. A ras del piso, los dere­chos son reem­plaza­dos por la prome­sa de la cari­dad y la benef­i­cen­cia; cada vez mas y mas arri­ba, flotan en helio los pre­cios y las tasas de interés. En desme­dro va el tra­ba­jo, el empleo, o como se llame; es más fácil obten­er un crédi­to para com­prar un automóvil (así le dicen) que estu­di­ar una car­rera universitaria. 

En la Repúbli­ca del Agua Tib­ia todxs son Cuenta­ban­quinxs, clientes de la pobreza, con­sum­i­dores de la democ­ra­cia pri­va­da. Las Coctel­eras S.A. se arras­tran en las recep­ciones de la Emba­ja­da, se persig­nan con la invitación, acu­d­en al Corregidor.

Después de la trans­misión, Fla­ge­lo de Miel desconec­tó el dis­pos­i­ti­vo, sacó la cantim­plo­ra del bol­sil­lo de su pier­na, llevó un tra­go a su boca antes de con­vi­darme un poco de agua, y nos dijo:

— La cri­sis de gob­ern­abil­i­dad de la déca­da de los trein­ta y el pro­ce­so reformista de la Rev­olu­ción Juliana se repiten en des­or­den, es un loop colo­nial. La mis­ma plu­toc­ra­cia sub­de­sar­rol­la­da, la mis­ma élite local apátri­da con su clase media en crio­genia mental.

Cayó la noche, entre las som­bras logramos lle­gar al refu­gio sub­ter­rá­neo para preparar la cam­i­na­ta de la madru­ga­da. Papá Soroche sacó un recipiente:

— Fue en el Napo Runa cuan­do el Cacique Juman­di, antes de la sub­l­e­vación de los Qui­jos, me entregó el Néc­tar Vol­cáni­co, nos dijo. 

Se veía una sus­tan­cia indefini­da, entre gaseosa y acu­osa, rojiza y fluorescente. 

— Hay que encen­der­lo antes del amanecer — con­tin­uó Papa Soroche —, la Nación pul­sa la iden­ti­dad como una marea, la iden­ti­dad que res­pi­ra, que come, que can­ta, que ama, que cam­i­na, que coci­na, la que sed­i­men­ta la piel de las gen­era­ciones, el lati­do endémi­co en el tiem­po, a través del tiempo.

Durante la noche el Cor­regi­dor lev­an­tó la invi­o­la­bil­i­dad de domi­cilio y autor­izó la fuerza letal. 

—Tan­tas rebe­liones — dijo Papa Soroche —, la de los indios de Lita y Quil­ca. La sub­l­e­vación de los Jíbaros y la destruc­ción de Logroño en 1599. Los lev­an­tamien­tos de los mal­abas en la provin­cia de Las Esmer­al­das casi un siglo más tarde. La Insur­rec­ción de los indios May­nas en 1635. La defen­sa de la propiedad comu­nal indí­ge­na en Poma­l­lac­ta en 1730. La rebe­lión con­tra la cobran­za de trib­u­tos en San Miguel de Mol­leam­bato en 1766. El Alza­mien­to de los concier­tos en el obra­je de San Idel­fon­so cua­tro años después. La sub­l­e­vación indí­ge­na en San Felipe en 1771. La Insur­rec­ción de los indios del cor­regimien­to de Otava­lo en 1777. La Rebe­lión pop­u­lar de Guano el año sigu­iente. La sub­l­e­vación en la tenen­cia gen­er­al de Ambato en 1780. La rebe­lión con­tra los diez­mos en Columbe y Guamote tres años mas tarde. La sub­l­e­vación con­tra las mitas en Riobam­ba en 1864, y muchas y muchas más.

Entra­da la madru­ga­da, en la hora señal­a­da, desconec­ta­mos todos los dis­pos­i­tivos y tomamos el camino hacía los canales de Licán, una ruta que solo Papa Soroche conoce. Al filo del acan­ti­la­do, tres ros­tros lami­dos por el frío arremoli­na­do del páramo, sur­ca­ban un enorme algo­dón de agua.

— ¿Un tra­go? — me pre­gun­tó Papa Soroche, — es del trapiche del Leónidas, al que el Cor­regi­dor actu­al lo tiene secuestra­do —, dijo mien­tras servía el Pájaro Azul.

— Lo ten­drán que lib­er­ar —, con­tin­uó, — a pesar de que El Ban­co esta arma­do, estos ya no son tiem­pos de huir o morir, primero fue el Vir­reina­to, después la cuasi-repúbli­ca, ambos son la mis­ma vie­ja tara. 

— A Julián Quito no lo lograron atra­par — pens­a­ba en voz alta Fla­ge­lo de Miel mien­tras cam­inábamos —, les tem­bla­ban tan­to las canil­las que ofrecieron jugosas rec­om­pen­sas. Muchos piquetes de sol­da­dos lo bus­caron por todo el ter­ri­to­rio de la Real Audi­en­cia, pero perdieron su ras­tro, se cam­bi­a­ba de nom­bres con­stan­te­mente. El pres­i­dente Caron­delet, el Cor­regi­dor de ese entonces, ate­moriza­do, nego­ció la cap­tura del indio insur­rec­to con los caciques del cen­tro de Riobam­ba, espe­cial­mente con Don Lean­dro Sefla de Licán. Esta­ban ater­ra­dos de no poder hac­er escarmien­to y que regrese la insur­rec­ción. El opor­tunista de Sefla nego­ció, obtu­vo como ben­efi­cio que los indios de Licán se espe­cial­i­cen solo en la con­struc­ción y man­ten­imien­to de canales, en la admin­is­tración del agua y que no sean lla­ma­dos para otras labores serviles.

Las cabezas decap­i­tadas de todos los cabecil­las indí­ge­nas fueron exhibidas por mucho tiem­po en la plaza públi­ca, después de ser ajus­ti­ci­a­dos sin juzgamien­to por el Cor­regi­dor de Riobamba. 

La tin­tu­ra de chilca de nue­stros tra­jes impedía la refrac­ción de los radares, lenta­mente ase­gurábamos el paso por el lodazal, a lo lejos, son­a­ban los bom­bardeos en las ciu­dades. En las calles, entre las llan­tas que­madas, hay peda­zos de piel humeante, vómi­to, perdigones, muer­tos, incen­dios, heri­dos. El Cor­regi­dor, escon­di­do en su castil­lo recibía los informes de los bom­bardeos selec­tivos de drones oper­a­dos por los fran­co tiradores en los edificios.

Cruzamos un largo camino de arbus­tos has­ta lle­gar al descam­pa­do de la mese­ta en donde se veía un enorme ojo de agua ape­nas vis­i­ble por la luz azu­la­da de la bruma.

— El loop tam­bién se repi­tió con Fer­nan­do Daquile­ma — como pocas veces, Fla­ge­lo de Miel habló todo el camino —, el indio que se rev­eló ante Gar­cía Moreno. Aquí donde esta­mos, cer­ca de la lagu­na de Kápak-Kucha, estu­vo con­vo­ca­do, en su momen­to, todo el pueblo indí­ge­na para una Asam­blea Gen­er­al. Daquile­ma fue elegi­do como jefe de la insur­rec­ción, las condi­ciones de explotación con el pago del diez­mo eran inso­porta­bles. El diez­mo era como el FMI de la época, una man­era de ten­erte endeu­da­do. Con palos y piedras, diez mil runas atac­aron Cajabam­ba, tras recibir muchos reveses, cien­tos cayeron muer­tos y pri­sioneros, sin embar­go lograron reor­ga­ni­zar el ataque a Punín bajo el man­do de Manuela León. Una vez que se tomaron el pueblo, lib­er­aron a los pri­sioneros y lograron reti­rarse ante la envesti­da de los refuer­zos mil­itares del Corregidor. 

Gar­cia Moreno decretó el esta­do de sitio, los pueb­los de Cical­pa, Lic­to y Col­ta se sumaron al lev­an­tamien­to. Sin miedo, como aho­ra, hicieron retro­ced­er a las tropas. Gar­cía Moreno crim­i­nal­izó a los lid­eres que se lev­an­taron con­tra la injus­ti­cia, exac­ta­mente igual que hoy, pero sin redes sociales. Fla­ge­lo de Miel señaló hacia una col­i­na en direc­ción al sur:

— Cuan­do se vió per­di­do, Daquile­ma pudo huir pero no lo hizo, se paseó arro­gante por esa cum­bre mien­tras les gri­ta­ba varias veces a los sol­da­dos des­de arri­ba: “¡Ven­gan aquí estoy!”. Para entonces había dis­per­sa­do a su gente. Cuan­do los sol­da­dos le pre­gun­taron quién era, respondió: “¡Fer­nan­do Daquile­ma!”, ensegui­da lo apresaron.

El 23 de mar­zo de 1872, la muchedum­bre observ­a­ba des­de la col­i­na, hacia aba­jo, en la plaza de Yaruquíes, con el redoblar de los tam­bores de fon­do, se reunió el Con­se­jo de Guer­ra para juz­gar a Fer­nan­do Daquile­ma por motín. Lo con­denaron a muerte en el acto. Jus­to antes de los bal­a­zos, Daquile­ma, vesti­do de blan­co, pro­nun­ció en Kich­wa un dis­cur­so para su pueblo, del que el Cor­regi­dor no pudo enten­der una sola pal­abra. Todos respondieron tocan­do los chu­rus: “Ñucanchi Jatun Apu”.

Antes de la primera luz, acti­va­mos el Néc­tar Vol­cáni­co en Cacha, donde comen­zó la insur­rec­ción, donde procla­maron como Rey a Daquile­ma, en la piedra donde están esculp­i­das sus últi­mas palabras.